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Berga – Barcelona 🇪🇸 – ⛴️

De Berga al mar, con viento y pipí oficial

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Esta mañana empezó con premio gordo. Después de cuatro semanas esperando, por fin llegó el pasaporte con el visado ruso. Yo no tengo claro qué significa eso, pero en cuanto Papi Edu lo tuvo en la mano se puso a hacer clics como loco, más rápido que un gato huyendo de una aspiradora. En cinco minutos ya teníamos medio viaje montado: ferry de Barcelona a Civitavecchia hoy mismo y otro de Brindisi a Igumenitsa para el domingo. Todo muy rápido, sin tiempo ni para una siesta digna.

Aun así, el día fue tranquilo. Comimos en casa sin prisas, yo atento a lo mío por si caía algo interesante. No cayó nada, como siempre, pero uno no pierde la fe. Luego vinieron las despedidas. La yaya, la tita Mari… y el Tito Joan, que esta vez se queda en Berga para celebrar el cumpleaños de la yaya. Ahí sí que hubo momento serio. Yo le miré en plan “no tardes”, porque viajar sin él es un poco como salir a pasear sin olores: se puede, pero falta algo.

Sobre las siete nos metimos en el coche rumbo a Barcelona. Ya sabéis que no es mi actividad favorita. Ir quieto mientras todo se mueve es más raro que ver a un gato pidiendo paseo con correa. Pero bueno, es el peaje para llegar a sitios interesantes. Paramos a repostar y aproveché para estirar las patas y dejar un par de mensajes bien colocados. Información útil para la comunidad.

Llegamos al puerto sobre las nueve. Mucho movimiento, luces, ruido y ese olor a barco que ya empieza a oler a aventura. Hicimos el check-in y luego tocó esperar bastante. Yo me tumbé y decidí ahorrar energía, porque esperar sin hacer nada es un deporte que se me da mejor que a un koala en vacaciones.

Al final subimos casi a las once, con un poco de retraso. El barco es enorme, de esos que parecen un edificio que se ha cansado de estar quieto. Tenemos camarote interior, sin ventana, pero cómodo. Y lo importante: yo puedo entrar. Papi Edu pagó mi entrada oficial y un extra para que duerma dentro. Básicamente soy un huésped VIP, pero con mejor olfato.

Antes de acostarnos salimos a dar una vuelta por la cubierta. Hacía bastante viento, de ese que te pone las orejas en modo avión. Y entonces encontré el pipicán. Un trozo de césped artificial con un árbol de hierro en medio. No es el bosque, pero oye, para ser un barco está mejor que nada. Más práctico que enseñar a un gato a usarlo, eso seguro.

Hice mi pipí como toca y, por si acaso, dejé otro aviso rápido por la cubierta. Nunca sabes quién puede venir después y aquí el territorio hay que gestionarlo bien.

Volvimos al camarote, nos acomodamos y aquí estamos. El barco se mueve suave, como cuando Papi Edu se queda dormido en el sofá después de comer y empieza a balancearse. Yo ya tengo mi sitio pillado y todo bajo control.

Buen inicio de viaje. Ahora a ver qué nos espera… que si huele bien, seguro que merece la pena.

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