Dormimos en el barco… o algo parecido. Porque a mitad de la noche aquello empezó a moverse como una lavadora en modo centrifugado. Mucho viento, olas y yo intentando mantener la dignidad en la cama, que no es fácil cuando el suelo decide que hoy quiere ser montaña rusa.
Por la mañana, Papi Edu miró el mapa y puso cara rara. No íbamos hacia Roma. Íbamos más bien hacia Génova. Así, sin avisar. Al parecer, el capitán había decidido subir más al norte para esquivar el viento fuerte que venía de cara. Básicamente, en vez de luchar contra las olas como un valiente, hizo lo que haría cualquier perro sensato: rodear el problema. Más camino, sí, pero mucho más cómodo. Yo eso lo respeto.
El barco dejó de sacudirse tanto, pero claro, el viaje se alargó. Y aburrirse en un barco siendo perro tiene mérito. No podemos entrar en los salones ni en los restaurantes, así que nuestro mundo era el camarote y una cubierta donde el viento te despeinaba hasta las ideas. Estar ahí fuera era más difícil que dormir la siesta en una jaula de grillos.
Aun así, encontramos un rincón medio protegido, por la zona de la piscina, que por cierto estaba más seca que un hueso olvidado al sol. Y ahí se montó una especie de reunión perruna improvisada. Éramos unos cuantos, cada uno con su humano, intercambiando miradas, olores y diplomacia internacional.
Papi Edu se puso a charlar con unos ingleses que llevaban un perro enorme. Enorme de verdad. De esos que cuando respiran ya ocupan medio pasillo. Muy parecido a uno que me dio un susto serio en Grecia hace un par de años, pero este era majete. Tranquilo, educado… vamos, que no todos los gigantes vienen a liarla.
A las ocho de la tarde aún estábamos lejos de Civitavecchia, pero tuvimos que dejar el camarote porque tocaba limpieza. Así que nos vimos de repente sin base de operaciones y con varias horas por delante. Nos tocó esperar en los salones del barco… y ahí pasó algo curioso: todas las normas sobre perros se evaporaron. Éramos unos diez o quince repartidos por todas partes, como si aquello fuera una convención canina improvisada. Nadie decía nada. Yo creo que a esas alturas ya daba igual todo.
Sobre las diez y media nos mandaron hacia la zona de la escalera que baja al garaje, pero aquello todavía estaba cerrado y lleno de gente esperando. Más cola, más paciencia. Hasta que por fin, sobre las once, conseguimos bajar al coche y salir del barco.
Noche cerrada y ganas de encontrar sitio rápido. Vimos uno que prometía, en lo alto de una colina… y sí, prometía viento. Pero viento del bueno. Aquello era más intenso que intentar oler algo en medio de un huracán. Duramos poco.
Así que tocó plan B. Como el viento venía del noroeste, bajamos hacia la costa, que estaba mucho más protegida. Y oye, acierto total. Encontramos un sitio bastante guay, entre un pinar y la playa, justo al norte de Civitavecchia. Tranquilo, resguardado y con olor a mar, que siempre suma.
Y aquí estamos. Papi Edu por fin cenando después de un día largo, y yo ya acurrucado en mi canasta, que después de tanto barco uno necesita tierra firme. Mañana más. Seguro.
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