El sitio donde dormimos no era precisamente silencioso, había bastante movimiento y gente entrando y saliendo, pero por la mañana la cosa cambió. Cuando salió la luz vimos que estábamos en un mirador bastante bueno, con vistas abiertas a la tierra y al mar. Así sí. Dormir regular pero despertarte con vistas compensa, es como cuando te dan un chuche después de comerte el pienso: no borra el trauma, pero ayuda.
Salimos en coche y fuimos a Ostuni. Aparcamos en las afueras, sin tener muy claro si era gratis por ser Pascua o si simplemente nadie entiende ya las señales de ese sitio. Estaban tan desgastadas que leerlas era más caótico que tres perros persiguiendo la misma pelota.
Ostuni es de esos pueblos que se ven desde lejos y ya sabes que va a ser bonito. Todo blanco, en lo alto, con murallas y calles que suben y bajan. Desde fuera parece tranquilo, pero dentro… dentro había más gente que en un parque lleno de pelotas nuevas.
Entramos al centro y aquello estaba a rebosar. Mucho más que ayer en Polignano a Mare. Calles estrechas, tiendas de souvenirs, restaurantes, gente por todas partes… avanzar era lento, como cuando intentas caminar entre palomas y ninguna se quiere apartar. Aun así, el sitio tiene su gracia. El blanco de las casas, las vistas, las callejuelas… merece la pena.
Dimos un buen paseo sin rumbo fijo, subiendo y bajando, y llegamos a la iglesia de San Francisco de Asís. Estaba tan llena por la misa de Pascua que la gente hacía cola para entrar y la cosa se desbordaba hasta la puerta y la calle.
Después volvimos al coche y bajamos hacia la costa, hasta Torre Pozzella. Es una zona natural con varias calitas y una torre de piedra vigilándolo todo. El aparcamiento estaba bien y, lo más importante, no había señales prohibiendo campers. Había algunas más, así que buen ambiente.
Comimos tranquilos dentro y luego salimos a dar una vuelta. Paseamos por las calas, vimos la torre de cerca y estuvimos un buen rato por allí. Un sitio de esos donde te quedarías más tiempo, pero hoy tocaba barco otra vez.
Después de la puesta del sol salimos hacia Brindisi y en media hora estábamos en el puerto. Check-in hecho y luego a esperar, más o menos una hora, hasta poder entrar. Mientras tanto, Papi Edu se puso a hablar con un griego que vive en Holanda y hablaba holandés perfecto. Yo me fijé más en sus dos perros salchicha. Me quedé a una distancia prudente, porque eran pequeños pero tenían pinta de tener más carácter que tamaño, como los jefes de obra.
Entramos con el coche al barco, lo dejamos en el garaje y subimos. Y este barco… otro nivel. Mucho más bonito que el anterior. Es de Minoan Lines, aunque el billete era de Grimaldi, cosas de humanos. El camarote es más grande, el baño también y además tenemos ventana. Todo más acogedor y más cómodo.
Eso sí, hay tanto dorado que parece que alguien ha decorado pensando “más oro, siempre más oro”. Un poco estilo mansión de humano importante que sale en la tele. A mí me da igual, mientras haya cama.
No exploramos mucho porque salimos a las once y aquí ya es hora griega, así que en realidad eran las doce. Un lío de horas que no entiende ni un reloj. Mañana toca madrugar porque llegamos a Igumenitsa a las nueve.
Aquí también puedo dormir en el camarote y hasta tengo cama propia, que hay dos. Nivel alto. Lo único que no hemos encontrado todavía es el pipicán. Espero que exista, porque si no, voy a tener que ponerme creativo… y eso nunca acaba bien para nadie.
Añadir nuevo comentario