Esta primavera pensábamos hacer el Camino de Santiago, pero llegó un tal coronavirus y nos dejó con las botas listas y la brújula temblando de emoción. Por suerte mi papi Edu siempre tiene un plan B. Y uno C. Y si hace falta, un D con forma de hueso. Ahora que llegó el otoño ha decidido que toca senderismo en mayúsculas. La ruta se llama GR-7 y empieza en Tarifa, allí donde el viento te peina gratis, y termina en Andorra, que está tan lejos que casi necesitas un mapa para el mapa.
Yo estoy aquí con cara de perro aplicado estudiando el recorrido. He calculado que hasta Andorra hay casi dos mil kilómetros. Dos mil. Eso es como perseguir una pelota durante meses sin parar. No sé cuánto tiempo tardaremos pero me da que vamos a estrenar estación nueva antes de llegar. Mejor se lo pregunto a mi papi, que él es quien lleva las cuentas y el GPS, aunque a veces creo que sigue mi olfato sin darse cuenta.
Podéis seguir cada paso que demos a través de mi blog. Prometo contar cosas cuando pueda, siempre que no esté demasiado ocupado olfateando piedras sospechosas o esquivando zarzas traicioneras. Va a ser una aventura completa porque toca dormir en el bosque. A ver, un poco de respeto me da. Entre lobos, linces y algún jabalí que madruga demasiado. Pero sé que mi papi estará siempre a mi lado para protegerme. Y yo a él, que para algo soy su guardaespaldas con rabo.
Tranquilo Chuly, ya sé que no vamos a llegar hasta Andorra. Es que tienes las patas muy pequeñas y no vamos a caminar demasiado al día. Pero creo que hasta Jaén sí podremos llegar. Bueno, ya veremos.