Hoy tengo el hocico triste. No por culpa del pienso (esa batalla es otra), sino porque se ha marchado Tom, el gato del títo Antonio y la tita Wilma. Dicen que ya estaba muy mayor, unos diecisiete años, que en años humanos debe de ser algo así como haber vivido todas las siete vidas que prometen a los gatos… y un poquito más. Le ha vencido un tumor en la mandíbula y, para que no sufriera, lo ayudaron a dormirse para siempre.
Tom era un gato con carácter, de esos que no se arrugan ante nadie, ni siquiera ante un bodeguero andaluz con orejas de radar y alma viajera como yo. Nuestras primeras veces juntos fueron… digamos que tensas. Yo me acercaba moviendo el rabo con diplomacia, él me respondía con un bufido que parecía salido de una olla a presión. Pero en el fondo nos entendíamos: dos machos con sus reglas, su territorio y su orgullo.
La última vez que nos vimos, en mayo, las cosas fueron distintas. Ya no había guerra fría ni zarpas voladoras. Compartimos sofá, cada uno en su lado, eso sí —la distancia de seguridad es sagrada—. Él ronroneaba bajito, yo fingía dormir pero con un ojo medio abierto, vigilando. No fuera a ser que de repente me robara la manta. Pero no: aquel día reinó la paz.
Tom tenía un arte especial para elegir tronos. En verano se tumbaba bajo el árbol de kiwis del jardín, su lugar favorito. Allí cazaba sombras, escuchaba los pájaros y fingía que el mundo entero era suyo. Ahora lo han enterrado justo allí, donde solía echar sus siestas al sol. Me gusta pensar que el árbol seguirá floreciendo con un poco del espíritu de Tom, y que las ramas darán kiwis con sabor a bigotes.
El títo Antonio y la tita Wilma están tristes, claro. Han compartido una vida entera con ese minino cabezón, testarudo y noble. Yo los entiendo: cuando se va un compañero peludo, el silencio se hace raro. Falta el sonido de las patitas por el pasillo, el suspiro al dormir, el “miau” que pide comida cuando aún no toca. Falta un alma que daba sentido a los días.
A mí me gusta pensar que, allá donde van los animales buenos, hay un sofá enorme con cojines mullidos, rayos de sol eternos y algún perro que no ladra demasiado fuerte. Seguro que Tom ya está allí, estirado con elegancia felina, observando todo desde su nube personal, con esa mirada que decía “yo mando”.
Y quién sabe, tal vez cuando algún día yo llegue por esos lares, me deje compartir el sofá otra vez. Con la misma distancia de seguridad, claro. Pero esta vez, sin bufidos.
Buen viaje, Tom. Que el viento te acaricie los bigotes y que nunca te falte un rayo de sol donde echarte a dormir.
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