Berga a todo volumen

Entre gritos, sofá prohibido y manta traicionera

Hay tradiciones que no fallan. La Navidad, los turrones… y nuestra parada anual en Berga. Llevamos aquí más de un mes, en casa de Tito Joan y la Yaya. Un clásico de nuestro calendario, como la muda de pelo… pero con más volumen.

Y cuando digo volumen, no hablo de música ambiente.

Aquí se habla como si cada frase tuviera que llegar a Cuenca sin pasar por el oído. Está Tito Joan, la Yaya con su bastón multifunción (sirve para apoyarse, señalar y, si hace falta, dirigir el tráfico aéreo), Tito Pepe… y la tita Mari, que tiene un superpoder: puede mantener una conversación en voz alta… sin necesidad de interlocutor.

Yo al principio pensaba que estaban discutiendo. Luego me di cuenta de que no. Es así siempre. Una especie de karaoke sin música pero con opiniones.

Total, que uno intenta echarse la siesta… y es como intentar dormir dentro de un documental de leones, pero sin leones. Solo voces.

Pero esperad, que hay precuela.

Hace unas semanas, yo me quedé seis días en casa de la tita Mati y el tito José Antonio, con sus nietos. Muy majos. Muy cariñosos. Muy… cómo decirlo… hiperactivos nivel “café con Red Bull y un tambor”.

Mientras tanto, papi Edu y Tito Joan se fueron a Holanda en avión. En avión. A mí todavía no me han explicado por qué no se puede ir corriendo, pero bueno.

Así que se me puse el contador de estímulos en números rojos. Y aquí entra el gran drama: la manta.

Yo antes era fan absoluto. Nivel “tápame, arropa, envuélveme como un burrito deluxe”.

Pero ahora estoy medio dormido, aparece una mano con la manta… y mi cerebro hace:

“¡Plot twist!”

Y yo: gruñido, dientes, mirada de “ni se te ocurra convertirme en canelón ahora mismo”.

No es contra la manta. La manta sigue siendo una profesional. Suave, calentita, entregada a su trabajo.

El problema es que aquí nunca sabes si una mano viene a taparte… o a iniciar una conversación a gritos a cinco centímetros de tu oreja. Y claro, yo ya no firmo contratos sin leer la letra pequeña.

Luego está el sofá. Ese lugar maravilloso donde te subes… y automáticamente suena el coro de:

“¡Shh! ¡Shht! ¡Churri! ¡Churri!”

Primero, mi nombre no es Churri, pero vale, lo acepto como nombre artístico. Segundo, ¿qué significa “shh”? ¿Es una serpiente? ¿Estoy en peligro? ¿He invocado algo?

Total, que el sofá ha pasado de ser spa a gimnasio de reflejos.

Te relajas… ¡shh!
Te tumbas… ¡Churri!
Respiras… sospechoso.

Y así no hay quien desconecte.

Eso sí, hay un lugar donde todo vuelve a la normalidad: la cámper.

Algunas noches nos hemos ido a dormir allí, incluso estando en Berga. Y oye… mano de santo. Bueno, mano de Papi Edu, que también duerme mejor allí, todo hay que decirlo.

En la cámper no hay karaoke humano, ni efectos especiales con bastón, ni “shh” misteriosos. Hay paz.

Y qué casualidad… ahí sí quiero manta. Ahí soy otra vez yo: croqueta feliz, burrito premium, experto en siestas nivel profesional.

También está lo de mi pata delantera izquierda. La lamo a ratos. Nada grave. Es como cuando vosotros suspiráis mirando al infinito pensando “madre mía esta gente”. Pues igual, pero versión lengua.

Total, que no me he vuelto gruñón. Estoy en modo “necesito un botón de bajar volumen para humanos”. Pero tranquilos, que esto tiene solución.

Dentro de poco volvemos a la carretera, a la camper, a nuestra rutina buena. Y entonces volveré a ser ese perro que pide manta como si fuera un servicio de habitaciones.

Mientras tanto, si me veis enseñar los dientes cuando intento dormir… No es amenaza. Es una sugerencia educada en idioma perro:

“Menos ópera… y más siesta.”

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