Día 213:

 

Espartinas – El Garrobo

Wentelteefjes, pescaíto frito y un parking con banda sonora

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Hoy fue uno de esos días que empiezan despacio y acaban llenos de gente, de voces y de olor a pescado frito, que es un olor muy serio y muy respetable.

Por la mañana arrancamos tranquilos, como manda el cuerpo. Los humanos se pusieron creativos en la cocina y prepararon torrijas holandesas, que ellos llaman wentelteefjes, nombre raro pero resultado convincente. Tito Joan se pasó tres pueblos con el azúcar. Yo observaba desde mi puesto oficial de supervisión, muy atento, por si alguna se caía al suelo por accidente cultural.

Salimos un poco pasadas las once y en dos minutos ya estábamos aparcados cerca del piso de tita Mariola. Subimos. Estaba ella, pero se tuvo que ir a trabajar casi enseguida, así que nos dejó el piso en modo préstamo de confianza. Tito Joan puso una lavadora y durante un par de horas entramos en ese estado maravilloso en el que no pasa nada y todo está bien. Humanos relajados, yo estirado, la lavadora dando vueltas como si tuviera problemas existenciales.

Sobre las dos bajamos y nos fuimos a la Freiduría Puerto en Tomares. Y ahí empezó la concentración oficial de titos y titas de Sevilla. Aquello parecía una quedada organizada, pero sin cartel. Llegaron Tito Miguel, tita Laura, tita Tere, tita Silvia, Tito José Manuel, Tito José Antonio, Tito Jaime, tita Loreto, tito Antonio… y más humanos de los que puedo recordar sin que se me cruce el rabo.

Los humanos comieron, bebieron, hablaron todos a la vez y se rieron mucho. Yo gestioné miradas profesionales y presencia institucional. El ambiente era bueno, de ese que no hace falta explicar. Pasaron un par de horas así, hasta que la freiduría empezó a recoger y el grupo migró al bar de al lado, el Sapiens, como si fuera lo más natural del mundo.

Fuera llovía a lo grande, lluvia de verdad, de la que hace que los humanos se arrepientan de no haber traído otro abrigo. Cuando aflojó un poco, pasadas las siete, tocaron despedidas, besos, abrazos y promesas de “hay que repetir”. Caminamos hasta el coche y pusimos rumbo a la Venta del Alto, en El Garrobo. Algo más de media hora de coche y cambio total de escenario.

Aquí estamos ahora, aparcados detrás del hostal y la gasolinera. Un aparcamiento enorme de tierra. Solo hay otra autocaravana, curiosa porque lleva un cochecito en un remolque detrás, como si fuera una autocaravana con bolso propio, y un camión solitario. De fondo se oye la A-66 y la N-630, ese murmullo constante de carretera que al final se convierte en ruido blanco.

No es bonito ni romántico, pero tiene vistas y es tranquilo. Y después de un día lleno de gente, voces y pescado frito, a mí eso me parece un final bastante perfecto.

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