Día 222:

 

Ágreda – Torres de Segre

Zaragoza a pata, calamares humanos y una virgen tamaño mini

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Otra noche tranquila de las que me gustan, con frío del bueno fuera y ese calorcito dentro que te hace dormir como si fueras un croissant olvidado en el horno. Yo me acurruqué en mi canasta con la precisión de un arquitecto suizo y no me moví en toda la noche. Por la mañana, mientras fuera el aire cortaba como una galleta mal partida, dentro reinaba la felicidad térmica. Rutina completada sin dramas: cargamos agua, vaciamos aguas grises y a las once y media arrancamos, que ya sabéis que no somos de madrugar sin causa justificada.

Nos esperaban más de 110 kilómetros y casi dos horas hasta Zaragoza. El viaje fue tranquilo, pero la llegada tuvo su momento de comedia humana, porque aparcar en el centro fue misión imposible. Zaragoza nos miró y dijo “hoy no”. Así que acabamos dejando la camper en el límite de la ciudad, justo donde empieza el Camino Natural de la Alfranca, que suena muy verde y muy amable, pero se traduce en media hora andando hasta el centro. Yo iba feliz, oliéndolo todo. Ellos iban felices pero menos.

Tito Joan tenía una idea fija en la cabeza y en el estómago: bocadillo de calamares. En Zaragoza es casi una institución, pan crujiente, calamares rebozados y mayonesa sin complejos, un invento sencillo pero eficaz, como una buena correa extensible. El objetivo era “El Calamar Bravo”, pero no tiene terraza ni admite perros, lo cual me pareció una contradicción ética bastante grave. Así que cruzamos a La Mejillonera, que es como el primo práctico de la familia: menos glamour, más resultados. Los humanos se pidieron su bocadillo de calamares y un platito de mejillones, y yo hice lo que mejor sé hacer: probar un poco de todo para asegurarme de que estaba en condiciones de ser comido. Todo correcto. Investigación completada.

Con el estómago algo más contento, seguimos paseando por el centro y nos metimos por El Tubo, que es un laberinto de calles estrechas lleno de bares, gente, ruido y olores que te marean de felicidad. Un sitio muy animado, muy humano y muy peligroso para un perro con curiosidad profesional y el morro bajo. Yo iba leyendo el suelo como si fuera el periódico del día.

Llegamos a la Plaza del Pilar, que es enorme y abierta, de esas que te hacen sentir pequeño incluso si eres un humano con ego bien alimentado. Allí está la Fuente de la Hispanidad, una fuente monumental con forma de mapa de América Latina, hecha en piedra, con el agua cayendo como si alguien hubiera dejado el grifo de la historia abierto. Yo no entendí el concepto, pero el sonido me relajó bastante.

Tocaba visita a la Basílica del Pilar. Papi Edu entró y yo me quedé fuera con Tito Joan, haciendo guardia y observando palomas con mala intención. Dentro, Papi Edu buscó a la Virgen y no la encontraba. Normal, porque resulta que la Virgen del Pilar mide unos treinta y seis centímetros. Una muñequita diminuta en una basílica gigantesca, como esconder una croqueta debajo de un sofá de tres plazas. Tito Joan entró después, la localizó enseguida y luego salió a explicarle a Papi Edu dónde estaba. Papi Edu salió con cara de no saber muy bien qué pensar. Tanta iglesia para una figurita tan pequeña. Yo no dije nada, pero asentí con gravedad perruna.

Vimos la catedral por fuera, que ya impresiona lo suyo, y volvimos andando hasta la camper. Aún quedaba carretera: unos 140 kilómetros, más de hora y media, hasta llegar a un sitio que ya conocemos bien y que nos cae fenomenal, el Tossal de Carrassumuda, cerca de Torres de Segre. Dormimos aquí hace unas semanas y hoy repetimos, porque cuando un sitio es tranquilo, bonito y no te molesta nadie, se convierte automáticamente en sitio favorito.

Antes de recogernos subimos a ver la ermita que hay arriba. Es pequeña, sencilla, de piedra, colocada en lo alto del tossal como un perro viejo vigilando su territorio. El tossal es una colina suave, solitaria, rodeada de campos del Segrià que se extienden hasta donde alcanza la vista. No hay mucho que hacer y precisamente por eso es perfecto. Silencio, espacio y aire limpio, el equivalente paisajístico a una manta caliente.

Otra vez frío fuera, calefacción dentro, cena tranquila y noche de peli para los humanos. Yo escribo esto medio dormido, con un ojo cerrado y el otro atento por si aparece algún resto de bocadillo rezagado. Aquí nos quedamos. Con la camper bien plantada, el mundo en pausa y la cola en modo reposo feliz.

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