La lluvia decidió pasar la noche entera tocando el tambor sobre el techo de la camper. No fue una llovizna romántica. Fue lluvia con carácter. Por la mañana el descampado de Santo Domingo de la Calzada parecía una competición oficial de charcos profundos. El barro tenía vida propia y estaba dispuesto a tragarse botas despistadas.
Papi Edu tuvo que vadear hasta la cabina como si cruzara un río marrón de dudosa reputación. Cada paso era una negociación con la tierra. Yo observaba la escena pensando que, si esto era el desayuno, el día prometía.
Seguía lloviendo cuando nos refugiamos en un bar. Café para papi Edu, colacao para tito Joan y permiso para que yo entrara. Eso ya convierte cualquier sitio en mi bar favorito. Me acomodé bajo la mesa escuchando conversaciones y oliendo ese perfume universal de café caliente y suelo mojado.
Después paseamos por el casco antiguo de Santo Domingo de la Calzada. Pequeño, sí, pero con ese aire de ciudad del Camino que ha visto pasar siglos de mochilas y promesas. Todo gira en torno a Santo Domingo, el que ayudaba a los peregrinos construyendo puentes y calzadas cuando viajar era más aventura que ahora.
Tito Joan entró en la catedral, entrada cuatro euros, y visitó a las famosas gallinas vivas que viven allí dentro. No es un error. Gallinas reales en una iglesia. Todo viene del milagro del gallo y la gallina, cuando unas aves asadas supuestamente se levantaron y cantaron para demostrar la inocencia de un peregrino. Desde entonces las gallinas son inquilinas oficiales del templo. Yo me quedé fuera. Bastante fauna tengo yo en mi vida como para competir con aves sagradas.
Papi Edu, que ya conocía el lugar de sus Caminos de Santiago, dio un paseo conmigo por el centro mientras Joan hacía turismo celestial. Luego tocó más carretera.
Comimos en un área de descanso junto a la nacional. El menú fue raviolis calentados en el tupper eléctrico. El invento funciona enchufado al mechero del coche y va calentando la comida mientras rodamos, como una olla lenta con ruedas. Cuando paras, está listo. Magia moderna. Yo supervisé con mirada técnica, por si acaso.
Nos desviamos para subir a la Cruz de Ferro, en el puerto de Foncebadón, en los Montes de León. Es uno de los puntos más simbólicos del Camino de Santiago. Una cruz alta y un enorme montón de piedras que los peregrinos van dejando como si soltaran preocupaciones en formato mineral. Arriba había bastante nieve y el viento cortaba. Blanco, silencio y esa sensación de estar en un sitio que significa algo, aunque seas perro y no lleves mochila.
La bajada nos regaló una puesta de sol impresionante, montañas nevadas pintadas de naranja y rosa, como si alguien hubiera decidido terminar el día con brocha gorda. Luego la noche cayó del todo y aún quedaba tramo. Carreteras de montaña, curvas enlazadas y concentración máxima en la cabina.
Sobre las diez llegamos a Paciño, aldea de Allariz, donde nos esperaba la tita Nita. Alegría grande aunque la viéramos hace poco en Berga. Hay personas que siempre huelen a casa.
Allí me encontré con Cuqui, el perro veterano de la familia, dieciséis o diecisiete años bien llevados. Nos medimos con la mirada. Él con su sabiduría tranquila y yo con mi energía viajera. Nos llevamos razonablemente bien, cada uno en su carril.
Cenamos en casa, todo acogedor y calentito mientras afuera Galicia seguía húmeda y verde. Después de barro, gallinas milagrosas, nieve y curvas infinitas, dormir bajo techo fijo supo a premio. Y yo, sinceramente, me lo había ganado.
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