La noche me tenía preparado un giro inesperado. Yo ya estaba acurrucado en mi cama, soñando con huesos gigantes y campos infinitos, cuando el viento empezó a golpear la cámper como si quisiera tumbarla. La lluvia se unió al concierto y aquello parecía una batalla entre titanes. No había manera de dormir. A las diez y media papi Edu dijo basta, recogió todo y arrancamos. Normalmente a esas horas salimos para recoger a un tito en el aeropuerto, pero esta vez era para huir del viento furioso.
Por suerte, a solo cinco minutos encontramos un aparcamiento simpático que ya habíamos fichado antes. Estaba protegido por los árboles de un parque o bosque cercano, y allí por fin logramos descansar. Yo me tumbé de nuevo, pensando que al fin el mundo me dejaba dormir.
Nos despertamos tardísimo, sin ganas de mover ni una oreja. La mañana pasó lenta dentro de nuestra casa rodante, mientras la lluvia jugaba su última partida. Poco a poco el cielo empezó a abrirse y a despejarse, como si quisiera pedirnos perdón por la noche tormentosa. Salimos pasadas las tres.
En veinte minutos llegamos a Sandycove Slipway, un lugar donde los humanos se lanzan al mar como si fueran focas felices. El agua está protegida detrás de una isla o banco de arena, así que es como una piscina gigante de agua salada. Papi Edu, que nunca pierde la oportunidad de nadar, se metió al agua sin pensárselo. Yo lo observaba desde la orilla, con cara de “madre mía, qué valor”, porque a mí ni loco me pillan nadando allí. Después del baño preparó su comida y la disfrutó en una mesa de picnic con vistas al mar. El sol brillaba y todo parecía un sueño de verano.
Luego seguimos la ruta en coche y pasamos por Kinsale. El pueblo tenía muy buena pinta, con sus casitas de colores y ambiente marinero, pero estaba lleno de coches y personas por todas partes. Demasiado jaleo, así que no paramos. Continuamos hasta un aparcamiento en Curraghbinny Woods. Allí había mucha gente paseando con perros, lo cual me puso las orejas en alerta máxima. Pensábamos dormir allí, pero había una señal que prohibía acampar. Eso sí, no decía nada sobre “overnight parking”, lo que nos hizo dudar. Al final nos dimos un buen paseo por el bosque y volvimos al coche.
Ya de tarde regresamos a Kinsale para buscar un sitio más tranquilo… o al menos donde quedarnos sin complicaciones. Acabamos en un aparcamiento más bien feo, detrás de la estación de bomberos. No tiene encanto, pero nos sirve de guarida para la noche. Y así, entre sirenas silenciosas y ladridos contenidos, cerramos un día que empezó con tormenta y acabó con calma. Una aventura perruna de las que se recuerdan.
Estacionamiento nocturno ilegal aquí.