Después de tantos días de montaña, barro, niebla, y caminos imposibles, hoy el día empezó con un aire distinto: el de la calma. Dormimos hasta tarde, sin prisa. Ni alarmas, ni ovejas, ni llamas curiosas. Solo el silencio y ese olor inconfundible a “hoy toca carretera, pero sin estrés”.
Salimos casi al mediodía, a ritmo de perro satisfecho y humano relajado. Tras una hora y media de curvas y paisajes cambiantes, paramos en un área de picnic. Papi Edu sacó comida, yo aproveché para estirarme al sol, y luego tocó limpieza. “Toca limpiar la camper, Chuly”, dijo, como si yo tuviera algo que ver con las huellas de barro o los pelos en el asiento. Bueno, vale… algo que ver tengo, pero no todo es culpa mía.
Con la camper oliendo a nuevo (o casi), seguimos hacia Santpedor, donde está el taller del Sahara 4x4. Papi iba solo a pedir cita, pero nada más llegar, tres mecánicos aparecieron como si hubieran olido el motor desde lejos. Scanner, gatos hidráulicos, cables, palabras serias… En un abrir y cerrar de ojos, el coche estaba siendo examinado como si fuese un paciente en urgencias. Al final, diagnóstico hecho y cita concertada para dentro de unas semanas.
De allí seguimos hasta Berga y paramos en la peluquería del tito Joan. ¡Qué alegría volver a verle! Él cortó el pelo y la barba de papi, y de paso me hizo unos mimos entre tijera y tijera. Todo volvió a tener ese sabor a familia, a rutina buena, a esas pausas que hacen falta después de tanta carretera.
Luego sí, por fin, a casa. Alegría de ver a la yaya, aunque su primera frase fue sentencia: “Chuly ya no puede dormir en el sofá, que suelta pelo.” ¡Pero si es mi contribución artística al mobiliario, una capa de amor natural! En fin, lo aceptaré como un perro maduro.
Esta noche dormiremos bajo techo, sin viento, sin barro, sin calefacción intermitente. Solo el calor de casa, la voz de la yaya y el olor de la cena. No hay paisaje más bonito que ese cuando uno ha estado tanto tiempo rodando por el mundo.
Añadir nuevo comentario