Cuatro semanas esperando y de repente… ¡boom! Pasaporte, barco gigante y viento en las orejas. Yo solo digo una cosa: si hay pipicán y aventura, este viaje promete. Y empieza fuerte.
Barcelona
Llegamos a nuestra parada anual en Berga y todo es tradición… menos el silencio. Entre voces, sofá prohibido y una manta sospechosa, intento sobrevivir sin perder la siesta. Spoiler: la camper gana.
Salimos temprano de Berga con 500 kilómetros por delante, cita en Sallent, papeleo para cruzar Rusia rumbo a Mongolia y un café imposible en la Calle Laurel. La tita Nita nos espera en Galicia. El barro nos recibió antes que el Atlántico.
Salimos sin rumbo, paramos en un cementerio que da paz en vez de miedo y acabamos durmiendo donde nos pilla la noche. Así empiezan las mejores escapadas.
Después de más de un mes en Berga y dos pasos por el taller, por fin volvemos a rodar. Es día de Constitución, la pelu está cerrada y la cámper nos lleva hasta un rincón precioso cerca de Bonastre donde todo vuelve a encajar.
Hoy papi Edu prueba nuestro dron nuevo en Berga. Yo me quedo en casa, pero las vistas desde 120 metros sobre el pueblo y los Prepirineos son impresionantes y únicas.
Un desvío inesperado nos llevó a San Miguel del Fai. Monasterio, bosque, ruinas y un sendero que solo algunos se atrevieron a bajar. Yo sí. Papi Edu también. Y eso ya dice mucho.
Cambio de ruedas por sábanas: dos días en Lloret de Mar con papi y los titos. Entre bufés humanos y paseos con olor a mar, descubrí que también sé relajarme... un poco.
Después de tantos kilómetros y montañas, volvimos a Berga. Papi pasó por el taller, el tito Joan le arregló el pelo y la yaya me prohibió el sofá. ¡Qué duro es ser un perro peludo en casa!