Hoy dormimos como lirones profesionales y eso que el aparcamiento estaba bastante animado de nacionalidades. A las once más o menos, cuando el sol ya había hecho el esfuerzo de levantarse por nosotros, arrancamos la camper con calma. Yo ya estaba despierto desde antes, claro, supervisando la vida desde la ventana, que alguien tiene que hacerlo.
Primera parada Tomares, directo al Leroy Merlin. Tito Joan quería mirar una cosita, que en lenguaje humano suele significar “no voy a comprar nada pero igual salimos con la cabeza llena de ideas peligrosas”. Yo entré también, muy formal, oliendo pasillos y comprobando que los humanos siguen comprando cosas rarísimas para arreglar casas que todavía no existen. Salimos sin bolsas, lo cual siempre me sorprende mucho tratándose de ese sitio.
De ahí bajamos a Sevilla y aparcamos cerca de la DGT. Papi Edu tenía que recoger un carnet de conducir internacional, que es básicamente un papel mágico que dice que puedes conducir casi en cualquier parte del mundo sin que un policía te mire raro. O eso dicen. Yo me quedé esperando fuera con Tito Joan mientras Papi hacía papeleo humano, que es una actividad lenta y sin premios.
Luego vino uno de esos momentos que me ponen la cola en modo helicóptero. Papi Edu llamó a Tito Juanjo, que vive por la zona. Tito Juanjo no es solo amigo, es amigo importante, porque hace un par de años yo me quedé una semana entera viviendo con él cuando Papi se fue a ver a su familia a Holanda. Vamos, que es de los que ya saben cómo soy, mis horarios, mis miradas intensas y mis silencios estratégicos. Quedaron para tomar un café y allí nos fuimos. Los humanos charlaron largo y tendido en una terraza, yo saludé como corresponde a un perro educado y cuando a Tito Juanjo le tocó irse a comer, nosotros también retomamos ruta.
Volvimos a Tomares y aparcamos cerca de la casa de Tita Mariola y Tito Miguel. Antes de subir a comer dimos un paseíto por el pueblo y la verdad es que Tomares nos sorprendió. Es pequeño, sí, pero agradable, bien cuidado y con ese aire de sitio donde se vive tranquilo y se pasea mucho. Yo aprobé el lugar con un par de olfateos bien hechos.
En casa nos esperaba la comida y una palabra misteriosa: ropa vieja. No, no es ropa usada, aunque el nombre engañe bastante. Es un plato tradicional que se hace aprovechando restos del cocido, sobre todo garbanzos y carne, todo bien rehogado con ajo, cebolla y especias. Yo no lo probé, pero por las caras que ponían los humanos, aquello estaba de campeonato.
La tarde pasó tranquila, de esas que se estiran sin darte cuenta. Y además, momento importante del día: Tita Mariola terminó mi jersey de crochet. Me tomó alguna medida más, ajustó aquí y allá y listo. Jersey nuevo, hecho a medida, rojo y amarillo. Me queda perfecto. Y no, no es un jersey de facha, aunque alguno tenga la mente rápida. Son los colores de mi blog y también de la bandera de Cataluña, así que yo voy calentito y con mensaje incorporado.
Sobre las nueve y media nos despedimos. Yo salí orgulloso con mi jersey puesto, como quien estrena modelito sin necesidad de pasarela. Volvimos a la camper y buscamos sitio para dormir. No nos fuimos lejos, nos quedamos por Tomares, al lado de un parque de olivares. Un aparcamiento de grava, tranquilo, sin dramas ni sorpresas.
Cenamos en la camper, cada uno a lo suyo, yo ya medio dormido con el jersey puesto, que abriga y da presencia. Afuera hacía fresco, dentro estamos bien, y aquí nos quedamos a dormir, cerrando otro día sencillo, bonito y muy bien acompañado.
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