Hoy seguimos avanzando por el valle del río Çoruh y mis humanos iban completamente entretenidos mirando túneles y viaductos. Pero muchísimos. Cada pocos minutos desaparecíamos dentro de una montaña o cruzábamos barrancos por puentes gigantes. Parece que aquí decidieron directamente rendirse ante la geografía y atravesarla a base de hormigón.
Pasamos por el nuevo Yusufeli, que es uno de los sitios más raros que hemos visto en Turquía. El antiguo pueblo quedó sepultado bajo el agua por el enorme proyecto hidroeléctrico del valle. Básicamente construyeron una presa gigantesca en el río Çoruh y tuvieron que trasladar toda la ciudad montaña arriba.
Y cuando digo presa gigantesca, lo digo en serio. La presa de Yusufeli es una de las más altas del mundo, con más de 270 metros de altura. Para construir todo aquello hicieron también kilómetros y kilómetros de túneles y carreteras nuevas porque el antiguo valle desapareció bajo el agua del embalse.
Dimos unas vueltas en coche por el nuevo Yusufeli y la sensación es curiosísima. Bonito no es. Parece una ciudad construida en modo copiar-pegar, con muchísimos edificios iguales escalando las montañas. Pero precisamente por eso resulta interesante. Todo demasiado nuevo, demasiado planificado y demasiado ordenado, como si alguien hubiera montado una ciudad desde cero usando piezas de Lego.
Después seguimos la ruta viendo el enorme embalse entre las montañas hasta llegar a Artvin. Y madre mía con Artvin. La ciudad parece construida en vertical directamente por cabras montesas con experiencia en ingeniería extrema.
El desnivel es impresionante. Hay cientos de metros de diferencia entre la parte baja y la alta, y las calles suben con unas pendientes que hacen que la camper parezca estar entrenando para escalar el Everest.
Y justo cuando íbamos subiendo nos encontramos el momento simpático del día. Una señora turca en un cochazo tipo Land Rover apareció de frente en una calle estrecha, con sus niñas pequeñas dentro del coche. Ella lo tenía bastante más fácil para dar marcha atrás y apartarse un momento… pero decidió que no.
Resultado: Papi Edu tuvo que retroceder marcha atrás cuesta arriba, entrando medio de culo en una rotonda imposible mientras la señora esperaba tranquilamente como si estuviera viendo una actuación. Yo desde dentro observaba todo pensando que los humanos convierten cada maniobra en un deporte de riesgo innecesario.
Al final llegamos arriba del todo, a la enorme estatua de Atatürk que domina Artvin desde la montaña. La estatua es gigantesca, de las más grandes del mundo dedicadas a Atatürk, y se ve desde media ciudad como si estuviera vigilando todo el valle.
Y lo más curioso está en el aparcamiento. Allí tienen expuestos los enormes moldes de hormigón que utilizaron para fabricar la estatua final de bronce. Cabeza, manos, botas, partes del cuerpo gigantes repartidas por el suelo como si Atatürk hubiera explotado cuidadosamente en piezas de museo. La verdad es que impresiona muchísimo ver de cerca el tamaño real de cada parte y entender cómo montaron semejante monstruo metálico ahí arriba.
El aparcamiento además era enorme y perfectamente llano, así que aprovechamos para comer tranquilamente en la camper mientras disfrutábamos de las vistas. Luego vinieron las fotos oficiales, los selfies y un rato mirando la ciudad desde arriba mientras yo fingía paciencia profesional.
Después volvimos a bajar por las calles imposibles de Artvin y seguimos rumbo hacia la costa, en dirección Hopa. Pero antes de llegar al Mar Negro decidimos buscar sitio para dormir porque aquella zona ya la conocemos y suele venir con bastante tráfico, ruido y caos.
Y al final encontramos algo muchísimo mejor. Ahora estamos en mitad de una plantación de té, arriba en una colina, rodeados de verde y al lado de unos pequeños teleféricos de carga. Aquí el té es uno de los cultivos más importantes de toda la región y las pendientes son tan bestias que muchas veces utilizan estos sistemas de cables para bajar los sacos de hojas recién recogidas montaña abajo hasta la carretera o las zonas de procesamiento.
Así que aquí vamos a dormir hoy, entre campos de té, niebla de montaña y pequeños teleféricos cruzando las laderas como si los agricultores locales hubieran montado un parque de atracciones agrícola.
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