Nos despertamos tardísimo, con esa calma que se nos está pegando en este viaje, y arrancamos el día a cámara lenta. Para cuando asomamos el hocico fuera de la cámper, nuestros vecinos internacionales, la cámper francesa y el camión neerlandés, ya habían puesto pies en polvorosa. Primero dimos un paseíto por el parque de al lado, que la verdad sea dicha, no tenía gran cosa que ver, y luego nos metimos en el coche para solucionar los temas logísticos del día.
La primera misión fue un fracaso absoluto: necesitábamos comida para mí y, sobre todo, mis preciadas chuches. Probamos suerte en un supermercado grande, pero el resultado fue un cero patatero. Ni un triste hueso que llevarse a la boca.
La segunda misión era el agua. En la Park4Night solo venía un punto en toda la ciudad, y resultó ser una empresa de fontanería. Nada más aparcar delante del edificio, salió un chico súper majo que nos preguntó en inglés si necesitábamos rellenar. Nos hicieron pasar al patio y nos dejaron una manguera para llenar el depósito de la cámper a tope. Por si fuera poco, el chaval nos llenó un bidón de cinco litros de otra toma especial, aclarándonos que esa era agua filtrada buena para beber, porque la del grifo normal por aquí es bastante dañina. Todos se quedaron encantados conmigo, nos hicimos el selfie reglamentario de agradecimiento y seguimos la marcha.
Cruzamos Atyrau con el coche y, sinceramente, no es que sea la alegría de la huerta. Es una ciudad puramente petrolífera, gris, industrial y construida deprisa y corriendo alrededor de la extracción de crudo, lo que le da un aire bastante desangelado y feo. Eso sí, tiene una peculiaridad geográfica imponente: aquí se encuentra la división entre Europa y Asia, marcada por el río Ural. Al lado del Puente Central está el "Europe Asia Marker", que en realidad son cuatro pequeños templetes: dos colocados en el lado europeo y otros dos en el lado asiático. Aparcamos allí al lado y cruzamos a pie el puente sobre el río. ¡Así de fácil pasamos oficialmente de Europa a Asia! Un hito histórico para mis cuatro patas.
Salimos poco a poco de la ciudad y, sobre la marcha, fuimos parando en un par de supermercados más del camino, pero seguimos sin suerte con mis golosinas. Qué drama. Enfilamos la carretera hacia el noreste y nos llevamos una buena sorpresa: el asfalto está impecable y completamente nuevo. De hecho, está tan nueva que si miras el mapa de satélite de Google Maps, solo se ven un par de trazos de tierra por la estepa; la carretera real ni aparece dibujada.
Paramos un par de veces en la cuneta para estirar las patas y las piernas. El paisaje por aquí no ofrece mucho entretenimiento: es una llanura infinita, seca y con poquísimo tráfico.
Sobre las ocho de la tarde, Papi Edu divisó el que será nuestro nido para hoy. Estamos cerca de un lago grande, pero acampados justo al lado de una pista de tierra que se pierde en la estepa, en mitad de la absoluta nada. Un poco más tarde, cuando ya estábamos instalados, apareció un hombre mayor en una moto destartalada. El buen hombre se quedó alucinando en colores al ver nuestra casa con ruedas en mitad de su desierto; se paró a cotillear y se puso a grabar un vídeo de la cámper con su móvil, fascinado con el invento, antes de perderse de nuevo en el horizonte con el petardeo de su motor.
Ahora ya estamos completamente solos. No se escucha ni un alma en kilómetros a la redonda. Nos encerramos en la cámper, cenamos y a dormir en mitad de la nada kazaja.
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