Día 37:

 

Camellos, desiertos de asfalto y un nido entre vecinos

Dashin – Atyrau

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Estábamos tan sumamente a gusto en nuestro rincón junto al río —nuestra primera noche kazaja— que nos lo tomamos con una calma espectacular. Nos arrancamos súper lentos, remoloneando tanto que terminamos poniéndonos en marcha bien pasado el mediodía, ya después de comer.

El plan de la jornada era básicamente devorar asfalto, porque en esta zona de la estepa no hay grandes distracciones en el mapa. La carretera es una línea recta infinita que corta el horizonte en dos, cruzando un paisaje llano y vacío. Sin embargo, hubo un par de cosas que nos hicieron pegar el hocico a la ventana. Primero, los cementerios musulmanes: son alucinantes, parece que cada tumba es una casita en miniatura con sus muros de ladrillo bien trabajados, formando auténticos vecindarios para el descanso eterno. Lo segundo fue ver los primeros camellos campando a sus anchas al lado de la carretera, además de un monumento soviético en mitad de la nada que anunciaba la existencia de un pueblo que ni siquiera alcanzaba a verse desde el asfalto.

En cuanto a la logística, paramos en un pequeño supermercado para reponer la despensa y, para alegría de Papi Edu, aquí se puede pagar con tarjeta sin ningún problema. Lo que no fue tan fácil fue la misión de buscar agua. No era una emergencia, pero convenía ir rellenando. En esta parte del país no existen las fuentes ni los manantiales; lo que tienen son unas máquinas públicas para rellenar botellas con agua filtrada y potable, pero funcionan con monedas locales o con una aplicación móvil llamada Kaspi, y como no teníamos ninguna de las dos cosas, nos quedamos con las ganas.

Durante la mayor parte del día, la carretera fue un lujo: dos carriles con un asfalto impecable que nos permitió avanzar muy rápido y hacer unos 250 kilómetros sin enterarnos. El problema llegó al final. Justo los últimos 20 kilómetros antes de llegar a Atyrau, la autopista desapareció por completo debido a unas obras monumentales. Todo el tráfico, incluidos los camiones gigantes, nos vimos obligados a desviarnos por unas pistas provisionales de tierra, piedras y un barro espeso que no sabíamos si eran caminos antiquísimos o desvíos improvisados para la construcción. Menudo meneo para la camper, parecía que estábamos en un parque de atracciones.

Entre el barro y las piedras se nos echó la noche encima, y ya estaba todo negro cuando entramos por fin en Atyrau. Nos dirigimos directos a un aparcamiento que hay delante de un parque de la ciudad. El suelo estaba un poco inundado por las lluvias, pero Papi Edu maniobró de lujo y nos coló en un sitio perfecto, justo en medio de una camper francesa y un camión camperizado de Holanda. No pudimos saludar a nadie porque, al ser tan tarde, todo el mundo estaba ya bien recogido dentro de sus casas rodantes.

Ahora mismo ya estamos instalados en nuestro rincón, cenados y listos para cerrar los ojos en este improvisado campamento internacional. A ver qué aspecto tiene Atyrau cuando amanezca.

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