Hoy os voy a contar más bien poco porque nos hemos pasado el día entero con el trasero pegado al asiento del coche. ¡Hemos batido nuestro récord absoluto del viaje devorando la friolera de 380 kilómetros del tirón! Los que nos seguís sabéis que no nos gusta nada meternos estas palizas, pero es que en esta parte del mapa la estepa es tan infinita y vacía que no hay absolutamente nada que ver.
Para sorpresa de mi humano, la calidad de la carretera por aquí está resultando maravillosa. En general el asfalto está muy, muy bien, súper liso y sin los baches traicioneros que Papi Edu tanto temía. Casi da gusto ver cómo rueda la cámper. Es más, al ir acercándonos a Aktobe, la cosa se puso aún más seria y la carretera se convirtió en una autovía en toda regla, con dos carriles por sentido. ¡Una alfombra negra en mitad de la nada!
No salimos muy temprano, que ya sabéis que las mañanas nos las tomamos con filosofía perruna, y solo paramos un par de veces para estirar las patas y las piernas. Las áreas de descanso de por aquí merecen una mención especial porque son todo un poema. Imaginaos una explanada asfaltada al lado de la carretera en mitad de la nada más absoluta. No busquéis árboles ni sombras naturales, porque no existen. Lo único que hay para refugiarse del sol son unos bancos de picnic con una pequeña estructura de hormigón o metal encima.
¿Y los aseos? Madre mía, dan ganas de aguantarse hasta la siguiente frontera. Son solo una caseta con un agujero en el suelo, una letrina de toda la vida que se huele a un kilómetro de distancia. Eso sí, tienen un detalle logístico que a Papi Edu le pareció curiosísimo: en casi todas hay una especie de rampa o puente de hormigón para subir el coche y poder inspeccionar los bajos por si has roto algo con los baches de la ruta. Muy pensado para aventureros, pero cero glamuroso.
Después de tanto desierto de asfalto, sobre las siete de la tarde llegamos por fin a nuestro destino: el embalse de Aktobe, situado justo al sur de la ciudad. ¡Casi lloro de la emoción al ver verde! Aquí hay algo de vegetación e incluso unos árboles de verdad. El sitio estaba de lo más tranquilo; solo había unas familias pasando el día y haciendo barbacoas, y ya se estaban recogiendo para marcharse a sus casas.
Papi Edu estuvo inspeccionando el terreno y encontró un rincón perfecto, más o menos protegido del viento y casi en la misma orilla del embalse. Justo cuando estábamos aparcando, se nos acercó un hombre con su hijo adolescente, que eran de los que estaban disfrutando de la barbacoa. El chaval se quedó tan alucinado con nuestra camioneta de exploradores que quería a toda costa una foto con Papi Edu y con la cámper. El padre, encantadísimo, nos hizo la foto oficial con su móvil y también con el de Papi Edu para tener el recuerdo en casa. A mí me dejaron fuera del encuadre esta vez; se ve que el protagonismo absoluto se lo llevó la casa con ruedas.
Ahora mismo ya estamos súper a gusto, escuchando el ruidito del agua y disfrutando de un paisaje que, por fin, cambia de color. Toca cenar algo rico y descansar las patas, que el récord de hoy nos ha dejado fritos.
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