Día 40:

 

Héroes de la arena, rescate exprés y un nido junto al río

Aktobe reservoir – Aktobe

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Después de la monumental paliza de kilómetros de ayer, el plan para hoy era tomárnoslo con muchísima calma. Estábamos arrancando la jornada, justo después de terminar el desayuno, cuando de repente apareció un coche del que bajaron dos hombres. Con un despliegue de señas digno de una película de mímica y la inestimable ayuda del traductor del móvil, nos explicaron su drama: tenían otro coche completamente atascado en la arena un poco más allá y necesitaban ayuda. Los buenos hombres insistían en que nos pagarían por las molestias, pero Papi Edu, con su habitual espíritu overlander, les dijo que de dinero nada, que para nosotros era todo un placer echar una mano.

Así que tocó activarse a toda prisa. Papi Edu lo recogió todo en diez minutos cronometrados y salimos siguiendo al coche de las estafetas. Conducimos unos cuantos kilómetros rodeando una bahía en el embalse hasta llegar a otra playa y allí estaba el panorama: un turismo hundido en la arena fina hasta la mismísima carrocería, con una de las ruedas delanteras totalmente enterrada y sin tracción ninguna.

Papi Edu se frotó las manos; estas son las situaciones donde nuestra camper saca pecho. Aparcó el coche en una zona firme, desplegó el cabrestante con la veteranía de un profesional y, en un par de minutos de tensión y cables tensos... ¡aleluya! El coche atascado ya estaba a salvo en terreno firme. No os podéis imaginar la cara de felicidad y lo agradecidos que estaban todos. Nos despedimos como auténticos héroes locales.

Con la buena acción del día completada, tocaba pensar qué hacíamos con nuestras vidas. En el embalse se había levantado muchísimo viento y estar fuera de la camper no era muy agradable. Papi Edu se puso a cotillear la aplicación de pernoctas y vio que fichaban otro sitio en plena naturaleza pero muy pegado a la ciudad de Aktobe, un rincón que prometía bastante. Como ya lo teníamos todo recogido y guardado por el rescate, decidimos ponernos en marcha directamente hacia allí.

Conducimos unos veinte kilómetros, lo que nos llevó una media hora larga porque nos tocó entrar un poco en la zona urbana de la ciudad. Y la verdad es que el sitio no decepcionó para nada, ¡menudo acierto! Nos plantamos justo al lado de un río precioso, en un lugar súper tranquilo que nos regalaba muchísima intimidad y rodeados de una naturaleza de lo más agradable.

En cuanto Papi Edu apagó el motor, decidimos que de aquí no nos movía nadie. Nos hemos quedado el resto del día relajándonos al sol, aprovechando el buen tiempo que hace y descansando como reyes. Yo me he pegado una siesta de campeonato para celebrar el rescate. Mañana ya veremos qué nos depara la ruta, pero hoy el río es todo nuestro.

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