Día 41:

 

Reencuentros, lujos soviéticos y vecinos de ultratumba

Aktobe – Don

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Por la mañana seguimos en nuestro plan de relax total, disfrutando del río, y no nos pusimos en marcha hasta el mediodía. Con las pilas bien recargadas, salimos listos para comernos la ciudad de Aktobe. La primera parada fue puramente logística en un barrio residencial. Papi Edu fichó una fuente pública en la calle que parecía sacada del siglo pasado, de esas antiguas donde te imaginas que hay que bombear con una palanca. Sin embargo, aquí solo hacía falta empujar la palanca hacia abajo y el agua salía disparada con una fuerza tremenda. Por lo visto, esta agua de la red pública no es apta para beber (para eso seguimos usando nuestras garrafas de cinco litros del supermercado), pero nos viene de perlas para cocinar, fregar los cacharros y darnos una buena ducha.

Con el depósito lleno, pusimos rumbo al aparcamiento del centro comercial Keruen City Mall, estratégicamente situado al lado de la Iglesia Ortodoxa de San Nicolás. Dejamos allí a nuestro fiel vehículo y empezamos la exploración a pie. Lo primero que vimos fue el templo por fuera: una construcción preciosa con esas típicas cúpulas en forma de cebolla que brillaban tanto bajo el sol que casi me hacen guiñar los ojos.

Desde allí paseamos por el Parque Nur-Astan, un espacio verde enorme, muy tranquilo y súper bien cuidado. Lo curioso de este parque es que los locales lo conocen cariñosamente como "Nuressic Park", un juego de palabras genial que mezcla el nombre original del parque con la mítica película de dinosaurios. Caminando llegamos al Concert Hall (el Palacio de las Artes), un edificio de una arquitectura puramente soviética, colosal y de líneas rectas, que impone bastante. Justo enfrente se levanta la Mezquita Central Regional Nurgasyr, una obra imponente de mármol blanco y cúpula dorada. Lo más bonito de este complejo es su simbolismo: tanto la mezquita como la iglesia ortodoxa que vimos al principio se inauguraron exactamente el mismo día del año dos mil ocho como un monumento a la paz y la convivencia entre las dos religiones mayoritarias del país. Están conectadas por un gran paseo peatonal.

Cruzamos después por la zona del Memorial Shanyrak, un monumento precioso que representa la estructura circular del techo de las yurtas tradicionales kazajas, que es el símbolo del hogar y la familia. Justo cuando Papi Edu estaba sacando una foto del monumento, escuchamos un grito de "¡hallo, hallo!" a nuestras espaldas. ¡No os lo vais a creer! Eran Diana y Stefan, la pareja de moteros austriacos que conocimos en la frontera de Rusia. Habían visto nuestra camper aparcada en el centro comercial y, por pura casualidad, nos encontramos allí mismo. Estuvimos charlando un buen rato, compartiendo las batallas de los últimos kilómetros, antes de despedirnos y volver al aparcamiento.

Papi Edu me dejó descansando un rato en la camper y se metió al centro comercial. Se dio el lujazo de comerse una pizza en la planta superior y luego bajó al supermercado Anvar (cuyo cartel se lee АНВАР en cirílico) para hacer la compra. ¡Por fin hubo suerte! Salió por la puerta con una bolsa de pienso para mí y un paquete de chuches. Yo ya estaba salivando solo de pensarlo.

De vuelta a la carretera, cruzamos en coche la zona del Boulevard Abay. Aquello es el corazón del legado soviético: avenidas gigantescas flanqueadas por bloques de edificios enormes y, presidiendo el lugar, la imponente estatua ecuestre de Abul Khair Khan, que resultó ser un importante líder militar y gobernante kazajo del siglo dieciocho que unificó a las tribus de la región.

Salimos de la ciudad en dirección este. Aunque pasamos muy cerca de nuestro idílico rincón de la noche anterior, decidimos seguir avanzando. Conducimos unos cien kilómetros cruzando una zona claramente minera y dejamos atrás Khromtau, una ciudad famosa por sus minas de cromo. Finalmente, hemos encontrado un sitio precioso para pasar la noche al lado de un pequeño arroyo, cerca de un pueblo llamado Don. El sitio es perfecto, aunque al principio a Papi Edu le dio un poco de "yuyu" porque estamos justo al lado de un cementerio enorme, de esos que parecen ciudades en miniatura. Al final se le pasó la tontería y aquí nos quedamos a cenar y dormir.

Por cierto, el drama del día: Papi Edu me ha dado a probar las chuches nuevas que con tanto esfuerzo consiguió en el supermercado... ¡y son asquerosas! Tienen menos sabor que un trozo de cartón. Las encuentro mil veces peor que mi propio pienso, así que se las va a tener que comer él. ¡Hasta mañana, amigos!

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