Despertamos al pie del castillo Castledonovan, con la torre vigilando nuestro sueño como un guardián de piedra. El sitio era tan tranquilo que parecía inventado para nosotros. Papi Edu, encantado, lo puso en Park4Night para que otros viajeros puedan descubrir este rincón mágico. Yo olisqueé las hierbas húmedas, marqué un par de arbustos (cuestión de protocolo) y sentí que comenzábamos el día como auténticos nobles caninos.
Salimos sobre las doce y nos lanzamos a la carretera. Tres cuartos de hora después llegamos a Baltimore Beacon, o como lo llaman en español, la Baliza de Baltimore. Aparcamos y caminamos hasta la cima. El sendero era precioso, con el mar desplegándose en mil tonos de azul y las colinas verdes detrás. El beacon, un obelisco blanco que parece un cono de helado gigante plantado en lo alto, fue construido en el siglo diecinueve como señal para los barcos. Desde allí arriba uno se siente como dueño del horizonte; yo me imaginé ladrando órdenes a todos los barcos del Atlántico.
Volvimos al coche y continuamos hasta Carrigillihy Bay Beach. No bajamos a la playa, pero aparcamos con vistas perfectas a la bahía. El aire salado me llenaba la nariz mientras papi Edu cocinaba su comida en la cámper. Después la disfrutó en una mesa de picnic, con el mar de fondo y yo vigilando por si caía algún trocito.
Luego seguimos la ruta en coche, más o menos pegados a la costa. Fue una hora de paisajes cambiantes, acantilados, prados y aldeas que parecían escondidas del mundo. Finalmente encontramos un sitio para dormir, entre la carretera —casi sin tráfico— y el estuario del río Arigideen. El viento sopla con fuerza, y parece crecer poco a poco, pero el lugar tiene algo especial, con la sensación de estar en medio de todo y de nada.
Aquí nos quedamos a pasar la noche, con la cámper resistiendo los embates del viento como un barco varado en tierra firme. Afuera la naturaleza ruge, pero dentro estamos juntos, calentitos y listos para otra aventura perruna.
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