Día 198:

 

Hoyos del Espino – Baños de Montemayor

Entre cabras, senderos y la última luz del día.

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Aunque anoche no celebramos Nochevieja, hoy el día decidió celebrarnos a nosotros con una mañana lenta y perezosa. Nos despertamos tarde, sin culpa y sin prisas, como cuando el cuerpo manda y la montaña asiente en silencio. Hicimos la rutina de siempre, esa que me gusta porque todo está en su sitio y nada sorprende, y salimos un poco pasado el mediodía, cuando el sol ya había decidido dónde quedarse.

El coche nos llevó hasta Navalperal de Tormes. Yo iba atento, con las orejas bien tiesas, porque aquello no eran calles normales. Eran estrechas de verdad, de esas que parecen pensadas para burros con paciencia y no para campers con hombros anchos. La camper pasaba por los pelos, y no es una forma de hablar. Yo contenía la respiración, aunque no sirviera de nada, mientras Edu avanzaba con mimo y concentración. Al final aparcamos en un aparcamiento junto al Puente del Tormes, y allí respiramos ambos a la vez.

Empezó a llover un poco, o a nevar, que en Gredos nunca se sabe del todo. Nos pusimos los chubasqueros, yo incluido en mi versión perruna de “estoy preparado aunque no me entusiasme”, y salimos a dar un paseíto por la Garganta de Gredos. Al principio el camino era una calzada romana, de esas que pesan bajo las patas y hacen pensar que otros muchos, hace siglos, pasaron por ahí con las mismas dudas y menos Gore-Tex.

Después la calzada se convirtió en un camino de arena, más amable, más ancho, y sin darnos cuenta empezó a estrecharse hasta convertirse en un sendero de verdad. Dejó de llover, el cielo se abrió un poco, y el paseo empezó a ponerse interesante de verdad. Más interesante de lo que esperábamos, que ya es decir.

El sendero se llama la Senda de las Cinco Lagunas. Yo no sé contar hasta cinco, pero sí sé medir las ganas. Sabíamos que no llegaríamos al final, porque son unas cuatro horas y media solo de ida, y con los días tan cortos como ahora no nos daba tiempo ni aunque yo caminara con turbo incorporado. Aun así, el plan no era llegar, sino caminar, que es una cosa muy humana y muy perruna a la vez.

Por el camino empezaron a aparecer cabras monteses. No una ni dos. Decenas. Cabras monteses de Gredos, que no son cabras cualquiera. Son grandes, fuertes, con unos cuernos que parecen dibujados por alguien con mucha imaginación y poco miedo al exceso. Están perfectamente adaptadas a estas montañas, con pezuñas que se agarran a la roca como si tuvieran ventosas invisibles, y una capacidad para moverse por pendientes imposibles que a mí me da mucha envidia.

La cabra montés de Gredos es una subespecie muy característica. Los machos pueden pesar más de 90 kilos y llevan esos cuernos enormes en forma de arco, mientras que las hembras son más pequeñas y ágiles. Viven en grupos, se mueven con calma, y observan mucho antes de decidir si algo les interesa o no. Y spoiler: yo no les interesaba nada.

Al principio les ladré. Era un ladrido sincero, no lo voy a negar. Ellas me miraron con cara de “este pequeño no sabe dónde está”. Edu me dijo que no, con esa voz que no admite debate, y yo, que sé cuándo conviene hacerse el educado, me porté bien. A partir de ahí, el paseo fue mucho más civilizado, y las cabras siguieron con su vida, cruzándose por el sendero, subiéndose a rocas imposibles o mirándonos desde arriba, como quien observa una serie lenta pero entretenida.

El paisaje cambiaba a cada rato. Había llanos de hierba que invitaban a correr, árboles raros que parecían sacados de un libro antiguo, grandes rocas redondeadas por el tiempo, y siempre, abajo, acompañándonos, el río. Ese río que suena, que marca el ritmo, que te recuerda que estás caminando en un sitio vivo.

Caminamos casi siete kilómetros, que no está nada mal para una tarde de invierno. Luego dimos la vuelta y regresamos por el mismo camino. Vimos las mismas cabras, u otras muy parecidas, que en estas cosas nunca se sabe. Ellas seguían allí, tranquilas, como si el tiempo fuera una sugerencia y no una norma.

Sobre las cinco de la tarde volvimos al coche. Yo entré directo a mi sitio, con esa sensación de patas cansadas pero cabeza contenta. Edu arrancó, empezó a mirar el mapa, y se abrió el debate silencioso de siempre. Había dos opciones para seguir hacia el sur, porque el macizo había que rodearlo sí o sí. Por el este ya habíamos pasado dos veces, así que tocaba probar por el oeste.

El coche avanzó entre pueblos y carreteras tranquilas. Pasamos por Barco de Ávila, luego por Béjar, y después un pequeño tramo de la A-66, que a mí me parece una cosa muy rara, porque va muy recta y muy rápida, como si tuviera prisa por llegar a ninguna parte.

Salimos hacia Baños de Montemayor, donde hay una estación de tren abandonada. Allí ya no pasa el tren; las vías desaparecieron, pero el trazado sigue vivo como Vía Verde. Y delante de la estación hay una zona de picnic amplia y tranquila, perfecta para estirar las patas y respirar hondo.

Llegamos justo con la última luz del día. El cielo empezaba a apagarse cuando aparcamos, y poco después llegaron otras dos furgonetas camper. El sitio era tranquilo, con vistas amplias, y la A-66 quedaba muy lejos, al otro lado del valle, como un rumor lejano que no molesta.

Aquí nos quedamos a dormir. Comimos y cenamos en la camper, con la calefacción justa y ese silencio cómodo que llega cuando el día ha sido largo y bueno. Yo me enrosqué en mi sitio, Edu cerró el día con calma, y la montaña, ahí fuera, sigue a lo suyo.

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