Día 217:

 

Embalse de Guadiloba – Jaraicejo

Trujillo al sol, amigos de toda la vida y piedra con historia

Geluidsbestand
236

Dormimos tan a gusto al lado del embalse de Guadiloba que por la mañana el mundo parecía ir en cámara lenta. Silencio, agua quieta, luz buena. De esos sitios donde hasta yo me levanto sin prisas y sin poner cara de lunes, aunque no sea lunes. Los humanos recogieron la cámper con calma y salimos sobre mediodía, sin dramas ni relojes mirándonos mal.

En unos cuarenta minutos por carreteras casi vacías llegamos a Trujillo. Ya solo el nombre impone respeto, suena a historia y a piedra bien colocada. Aparcamos en un sitio que conocemos bien, el aparcamiento de autocaravanas junto a la Plaza de Toros, cómodo, tranquilo y a un paseo muy razonable del centro. Diez minutos a pie para los humanos, diez minutos a pata para mí, que siempre parece un poco más.

Tito Joan había quedado con Pablo, un amigo de hace muchísimos años, de esos que vienen de la mili y traen historias largas aunque se vean poco. Nos encontramos y empezamos a recorrer el pueblo sin prisa, subiendo calles, cruzando puertas antiguas y mirando todo hacia arriba, que en Trujillo siempre hay algo sobre tu cabeza. El castillo domina todo desde lo alto, serio y elegante, como diciendo “yo estaba aquí antes que vosotros y seguiré después”. Desde allí las vistas son una maravilla, tejados, campo, horizonte largo y aire limpio.

Fuimos viendo iglesias, palacios y casas nobles, muchas con escudos que parecen diseñados para impresionar a perros pequeños con ego grande. Trujillo está lleno de piedra, pero no pesa, al contrario, se deja querer. No voy a ponerme pesado con nombres y fechas, pero es uno de esos sitios donde cada esquina parece importante aunque no sepas exactamente por qué. Y no lo digo solo yo, que según las listas humanas está considerado uno de los pueblos más bonitos de España. Yo no hago listas, pero confirmo con el hocico.

Después de una hora larga, quizá dos, acabamos en la Plaza Mayor, que es un espectáculo en sí misma. Grande, abierta, con la estatua de Pizarro a caballo en medio, mirando serio como si estuviera vigilando que nadie pida café descafeinado. Nos sentamos en una terraza muy bien orientada, protegidos del viento y bañados por el sol. Los humanos pidieron menú del día, de esos que te reconcilian con la humanidad, rico y a buen precio. Yo supervisé desde el suelo con mirada profesional.

Y aquí viene el detalle bonito del día: Pablo invitó a la comida. De esas cosas que no se olvidan. Buen tiempo, buena conversación, barriga contenta y sol en la cara. Yo, feliz sin hacer nada, que también es una habilidad que he perfeccionado con los años.

Después de la comida nos despedimos de Pablo con abrazos y promesas de no dejar pasar otros tantos años. Volvimos andando al coche y pusimos rumbo a Jaraicejo. En unos veinte o veinticinco minutos estábamos en otro sitio que ya conocemos bien, al lado del puente románico. Un lugar tranquilo, con historia, agua cerca y espacio para respirar.

Llegamos sobre las cinco y todavía hacía muy buen tiempo, así que los humanos aprovecharon para ducharse y hacer esas cosas raras que hacen cuando el sol acompaña. Yo patrullé la zona, confirmé que todo seguía en su sitio y luego me dediqué a no hacer absolutamente nada, que para eso también hay que entrenar.

Pero en cuanto el sol se fue, el frío cayó de golpe, como si alguien hubiera apagado un interruptor gigante. Nos recogimos en la cámper, calefacción encendida, cena en marcha. Los humanos con su película o serie, yo enroscado en mi canasta, calentito, escribiendo esto con una pata y pensando que hay días que no necesitan más.

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Resuelva este simple problema matemático y escriba la solución; por ejemplo: Para 1+3, escriba 4.