Día 218:

 

Jaraicejo – Plasencia

Monfragüe sin alas, Plasencia con historia y calma final

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Me desperté con ese ruido finito que no hace falta ni asomar el hocico para saber lo que es. Lluvia. De la constante, de la que no parece tener prisa por irse a ningún sitio. Afuera todo estaba gris, mojado y muy poco inspirador para sacar la pata de la manta. Pero bueno, esto es viajar, no un anuncio de pienso premium.

Salimos relativamente temprano, antes de las once, cosa que ya dice mucho del nivel de motivación humana. Rumbo al Parque Nacional de Monfragüe, que es uno de esos sitios donde normalmente yo me vuelvo loco mirando buitres, águilas y todo lo que vuele grande y con mala cara. Monfragüe es uno de los grandes templos de las aves rapaces en Europa, un sitio de rocas gigantes, ríos encajonados y cielos que suelen estar llenos de alas. Suele. Hoy no.

Entramos al parque con limpiaparabrisas a todo lo que da y optimismo moderado. Primera parada, el Salto del Gitano. Normalmente aquí hay un espectáculo brutal: buitres leonados pasando tan cerca que casi puedes contarles las plumas del sobaco. Hoy, en cambio, la roca estaba ahí, imponente, el río Tajo abajo muy crecido… y ni un solo bicho con alas decente. Ni uno. Yo miraba al cielo como diciendo “venga, no me fastidiéis”, pero nada. Silencio aéreo.

Seguimos hasta el Mirador de la Malavuelta. Otro sitio mítico para ver vuelos circulares, peleas de buitres y postureo de águilas imperiales. Con lluvia, lo que vimos fue niebla, agua y más agua. Muy bonito todo, muy salvaje, pero cero rapaces. La última parada fue el Mirador de la Portilla del Tiétar, donde otras veces hemos visto auténticos atascos de buitres sobre el río. Hoy el Tiétar bajaba fuerte y marrón y los buitres debían de estar todos en casa con bata y zapatillas.

Un poco decepcionante, la verdad. Hace un par de semanas estuvimos aquí mismo y aquello parecía un aeropuerto sin control aéreo. Hoy, visita relámpago y retirada estratégica. Cuando la naturaleza dice “hoy no”, mejor no discutirle.

Salimos del parque y paramos a repostar en una gasolinera cooperativa en Malpartida de Plasencia. Yo aproveché para estirar las patas y sacudirme un poco el agua del lomo, que ya iba calando el ánimo. Un par de minutos más y llegamos a Plasencia. Parada técnica en Lidl para reponer víveres humanos mientras yo vigilaba la camper como buen perro de seguridad, es decir, durmiendo con un ojo abierto.

Después subimos a una zona que ya conocíamos de hace un par de semanas, cerca del mirador del Monte Valcorchero. Ese sitio me encanta. Es un paisaje lleno de piedras enormes, redondas, como si un gigante se hubiera puesto a jugar a las canicas y se le hubiera ido de las manos. Aparcamos allí, comimos en la camper y descansamos un rato largo mientras fuera seguía chispeando.

Sobre las cuatro, milagro. La lluvia paró. Así que decidimos bajar otra vez a Plasencia. Aparcamos en el mismo aparcamiento gratis cerca del centro y nos fuimos andando hasta la Plaza Mayor, donde, sorpresa, nos volvimos a encontrar con Pablo. Esto empieza a parecer una serie con personajes recurrentes.

Con Pablo hicimos una visita rápida por la ciudad. Plasencia tiene ese punto de ciudad pequeña con mucha historia concentrada. Vimos las catedrales, la vieja y la nueva, pegadas una a la otra como dos generaciones que no se separan. Pasamos por el Arco de Trujillo, una de las antiguas puertas de la muralla, por el Palacio Episcopal y por el Parador, que está instalado dentro de un antiguo convento. Papi Edu y Tito Joan entraron a verlo por dentro mientras yo hacía guardia fuera, que no todos los perros entramos en paradores con siglos de historia.

Dimos unos paseos más por el centro mientras anochecía. La idea era tapear algo, pero el frío y la falta de terrazas abiertas y calentitas nos quitaron las ganas. Nos despedimos de Pablo y tocó pensar en dónde dormir.

Arriba, en la zona de las piedras, seguramente haría un viento de esos que te despeinan hasta las ideas, así que bajamos a un sitio más protegido, un área de picnic cerca del embalse de Plasencia que ya conocíamos. De camino, parada rápida en Mercadona, porque viajar sin provisiones es de valientes o de inconscientes.

Y aquí estamos ahora. Aparcados tranquilos, con solo otra camper cerca, de Polonia. Fuera silencio, dentro calefacción, cena, pantalla encendida y humanos felices. Yo escribo esto desde mi sitio, seco por fin, pensando que hoy no vimos buitres, pero vimos lluvia, piedra, ciudades con historia y amigos que aparecen donde menos te lo esperas. Tampoco está mal el día, la verdad.

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