Hoy la noche fue de esas que se estiran como un gato al sol. Dormimos un rato y a la una nos pusimos en marcha. Papi Edu recogió todo y en unos quince minutos ya estábamos en el aeropuerto de Ankara. Tito Joan apareció por la puerta con cara de viaje largo y final feliz. Alegría grande, de las que se notan incluso sin palabras. Yo hice mi parte, moví la cola como si no hubiera botón de apagado.
Volvimos al mismo pueblo, pero esta vez nos instalamos en un sitio curioso, entre casas pero a la misma vez en plena naturaleza. Dormimos muy tranquilos, aunque bastante tarde porque entre unas cosas y otras nos dieron las tres o más.
Por la mañana desayunamos sin prisas. Luego salí a pasear con Tito Joan, mientras Papi Edu terminó de recoger la camper. En el pueblo Tito Joan y yo nos cruzamos con un hombre local que no tardó nada en enganchar "conversación". No hacía falta idioma compartido para entender la curiosidad mutua, y en pocos minutos ya estaban bastante metidos en charla. Yo estaba a lo mío, explorando, sin saber todavía que aquello iba a acabar en té.
Poco después llegó Papi Edu con la camper y el encuentro tomó forma definitiva. El hombre, encantado con la situación, nos invitó directamente a su casa, al jardín. Aquello era un pequeño universo propio, lleno de gallinas por todas partes y con un par de pavos reales moviéndose con total autoridad. Yo al principio no lo vi claro. Demasiadas plumas, demasiados estímulos y cero instrucciones sobre cómo comportarse en una situación así. Entonces apareció la mujer del hombre con el té. No vino a charlar, simplemente apareció con la bandeja, la dio a su marido y volvió a la casa.
El hombre no hablaba inglés ni español, nosotros no hablábamos turco, pero entre el traductor del móvil, gestos y paciencia, la conversación fluyó de una forma sorprendentemente natural. Hablamos de cosas simples, de esas que no necesitan traducción perfecta para existir. Mientras tanto, el té seguía llegando sin pausa. Nuestro anfitrión se convirtió en el héroe del día del pueblo, porque todo el mundo que pasaba por la calle le preguntaba quienes eran sus invitados. Al final tuvimos que marcharnos, no por falta de hospitalidad, sino porque el día seguía empujando y el té empezaba a acumularse más de la cuenta. Nos despedimos con esa mezcla rara de agradecimiento y prisa suave que dejan este tipo de encuentros.
Salimos hacia la una con Turquía desplegándose delante como una carretera perfecta. Paramos en un pueblo pequeño para comprar algo de comida, pero era domingo y todo estaba cerrado salvo el supermercado. En Sungurlu la cosa cambió por completo. Ciudad más grande, más viva, con movimiento y un restaurante abierto donde decidieron que la hospitalidad era una disciplina seria. Yo me quedó en la camper vigilando mientras Papi Edu y Tito Joan entraban a comer. Por lo que me contaron, todo fue una sucesión de platos que aparecían sin pedirlos, camareros atentos a cada gesto y kebabs que llegaban como si estuvieran esperando su momento desde siempre. Al final, té por supuesto, y una cuenta tan baja que parecía más un gesto que un precio. Salieron de allí con la sensación de haber comido demasiado bien para lo poco que había costado, y volvimos a la carretera otra vez con la barriga llena y el día ya bastante avanzado.
La idea era encontrar sitio antes de Boğazkale, pero el barro de un lugar no convenció, otro tampoco, y entre dudas y giros acabamos volviendo al primero, ya casi de noche. No es especialmente bonito pero sí muy tranquilo, que al final es lo que importaba.
Solo hubo un momento extraño cuando apareció un coche con dos chicos dentro que se acercaron a preguntar qué hacíamos allí. Papi Edu les explicó la situación con ayuda del traductor, todo se relajó y se fueron sin más. Y aquí seguimos, en calma, sin demasiado barro y con esa sensación de día largo, variado y bastante humano.
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