El sitio donde dormimos no estaba nada mal, así que arrancamos la mañana con calma, como es costumbre en esta casa rodante. Sin prisas, sin estrés y con esa sensación de que el día todavía no ha decidido qué quiere ser.
Nos fuimos hacia Boğazkale, donde entramos en Hattuşaş Antik Kenti, la antigua ciudad de Hattusa, capital del Imperio hitita. Un lugar enorme, de esos que no se visitan, sino que se recorren. Los humanos pagaron la entrada y sorpresa buena: yo también podía entrar. Normalmente esto no pasa, pero aquí el sitio es tan grande que básicamente eres un pequeño punto más dentro del paisaje. Es un circuito de unos seis kilómetros que se puede hacer en coche o andando. Nosotros elegimos la versión inteligente: coche con paradas estratégicas. Y menos mal, porque aquello no es un museo compacto, es una ciudad entera repartida en colinas, piedra y viento.
Hattusa fue una de las grandes capitales del mundo hitita hace más de tres mil años. Aquí vivía un imperio potente, de los que peleaban con egipcios y escribían en tablillas de arcilla como si fueran mensajes importantes para el futuro. Y el futuro, por alguna razón, somos nosotros paseando con un perro en modo explorador.
El sitio impresiona porque no es solo ruina, es escala. Murallas enormes, restos de templos, puertas monumentales como la famosa Puerta de los Leones, con sus figuras talladas vigilando la entrada como si todavía estuvieran de guardia. También está la Puerta del Rey y la Puerta de la Esfinge, además de restos de barrios, almacenes y estructuras que dejan claro que aquello no era un poblado cualquiera, sino una capital seria, con mucho poder y bastante ego arquitectónico.
Todo está además en un paisaje precioso, abierto, con colinas suaves y vistas amplias que hacen que todo parezca aún más antiguo. Yo, sinceramente, al principio estaba más pendiente de olores nuevos que de imperios desaparecidos, pero incluso así el sitio te va atrapando. Pasamos un par de horas recorriendo paradas, bajando del coche, subiendo otra vez, mirando desde diferentes ángulos y entendiendo a nuestra manera lo grande que fue aquello. Al final nos sorprendió mucho, de esos lugares que no esperas que te gusten tanto y acaban siendo de los mejores del viaje.
Después de la visita en Hattuşaş Antik Kenti seguimos directamente hacia Yazılıkaya. Es como el postre arqueológico de todo esto. Un santuario al aire libre, a pocos kilómetros de Hattusa, donde los hititas dejaron grabadas figuras en la roca. No es una ciudad ni unas ruinas extensas, es más bien una galería de piedra en la montaña, con relieves de dioses, procesiones y símbolos que todavía hoy siguen ahí, aguantando viento y tiempo como si nada. Es pequeño comparado con Hattusa, pero muy intenso. Como si después del plato principal te sirvieran algo concentrado, directo, sin relleno. Sales de allí con la sensación de haber visto algo muy antiguo y muy pensado, aunque no entiendas del todo qué estabas mirando.
Después de eso volvimos a Boğazkale, aparcamos en medio del pueblo y comimos en la camper con la calma de quien ya ha hecho lo importante del día. Luego nos pusimos en ruta hacia Çorum, cruzando la ciudad sin parar, porque ya tocaba pensar en dormir más que en visitar.
Nos alejamos unos kilómetros hasta el embalse de Çorum Barajı, un lugar con muchas zonas de picnic, bastante vida de fin de semana y también bastante basura en algunos puntos, pero con algo que nos convenció: el entorno del lago. Y aquí nos quedamos a dormir, con el agua delante y la sensación de haber tenido un día de esos que empiezan tranquilos, se vuelven enormes y acaban en calma otra vez.
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