Día 22:

 

Reyes antiguos y kilómetros hacia el este

Amasya – Arpacı

Por la mañana bajamos otra vez con la camper hacia Amasya y aparcamos muy cerca de las famosas tumbas excavadas en la roca, las Tumbas Reales Pónticas. Ya desde abajo impresionan bastante, porque parecen puertas gigantes abiertas directamente en la montaña, suspendidas sobre la ciudad como si alguien hubiera decidido construir un cementerio imposible.

Los humanos pagaron la entrada y yo, como miembro bajito y peludo de la expedición, entré gratis otra vez. Turquía está siendo bastante buena conmigo en ese aspecto. Subimos un montón de escaleras hasta llegar a las tumbas y verlas de cerca. Y la verdad es que impresiona todavía más cuando estás allí arriba. Estas tumbas fueron excavadas hace más de dos mil años para los reyes del Reino del Ponto, mucho antes de los otomanos y muchísimo antes de que existiera cualquier idea de turismo o selfies con vistas.

Los reyes literalmente se hicieron enterrar dentro de la montaña, en cámaras excavadas directamente en la roca. Algunas fachadas parecen pequeños templos griegos tallados en piedra, y todo el conjunto domina Amasya desde arriba como si los antiguos reyes siguieran vigilando la ciudad.

Entre escaleras, vistas y exploración estuvimos más o menos una hora recorriendo aquello. Y sí, es de esos sitios donde cuanto más piensas en la antigüedad de lo que estás viendo, más raro se vuelve todo. Yo a veces me lío si escondí una pelota ayer o hace tres días, y aquí la gente sigue admirando cosas excavadas hace más de dos milenios.

Después volvimos a la camper y empezó una jornada bastante larga de carretera hacia el este. Avanzamos muchísimo, bastante más de doscientos kilómetros, casi sin parar. Solo hicimos una parada rápida para cargar agua, algo facilísimo en Turquía porque el país está lleno de fuentes y manantiales. Aquí parece completamente normal encontrarte agua potable saliendo de una pared en mitad de la nada.

Luego paramos un rato más para comer en la camper junto a un río, en un sitio sorprendentemente bonito, con un puente antiguo de piedra cruzando el agua. Parecía uno de esos lugares perfectos para quedarse a dormir, tranquilos, con sombra y sonido de río, pero esta vez tocaba seguir avanzando. Así que después de comer continuamos otra vez hacia el este, viendo cómo el paisaje iba cambiando poco a poco mientras las horas se acumulaban en el parabrisas.

Al final, ya casi de noche, llegamos al sitio donde vamos a dormir hoy. Es una explanada enorme de grava cerca de un embalse. De momento no sabemos muy bien cómo es realmente el lugar porque hemos llegado completamente a oscuras, pero tiene algo importante: tranquilidad. Y a estas alturas del viaje, muchas veces eso vale más que cualquier vista espectacular. Mañana, cuando salga el sol, ya descubriremos dónde hemos acabado exactamente.

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