Día 32:

 

Paciencia, rayos X y un aterrizaje con basura en rusia

Pansheti 🇬🇪 – 🇷🇺 Chmi

De lo que os conté anoche a la realidad hubo un trecho más grande que la distancia entre un gato y mis ganas de saludarlo. De tranquilo el sitio no tuvo nada. Durante la noche empezaron a llegar furgonetas rusas a montones y decenas de humanos se pusieron a montar tiendas de campaña hablando a voces. Lo de la distancia social no lo dominaban mucho, porque acamparon literalmente a un metro de nuestra camper. Casi les huelo los calcetines desde mi cama.

Con el sueño un poco cambiado, salimos a las unidas once de la mañana. Nos separaban apenas quince kilómetros del control de frontera. La cola ya asomaba, pero salir de Georgia fue visto y no visto: rápido y eficiente. El verdadero limbo empezó después, en la tierra de nadie. Una cola monumental de coches nos dio la bienvenida. De los camiones mejor ni hablar, pero tenían su propio carril kilométrico. Avanzar era más lento que ver crecer la hierba. Para aliviar la espera, los humanos han puesto unos aseos de plástico de esos portátiles que daban tanto asco que solo con mirarlos se me doblaban las orejas.

Unas cuantas horas de paciencia perruna después, llegamos por fin al control de pasaportes de Rusia. Tocó el turno de inspeccionar la camper. Nos hicieron sacar algunas cajas, pero los militares fueron súper amables. Me dio la impresión de que cotilleaban el interior más por curiosidad con la casa a cuestas que por obligación oficial; a Papi Edu le hicieron hasta levantar el techo para verlo bien.

La última taquilla era para la importación temporal del coche. Es un trámite obligatorio donde registras el vehículo para que te dejen moverte por el país legalmente. Justo cuando pensábamos que cantábamos victoria, se quedaron con el carnet de conducir de Papi Edu porque nos mandaron directos al escáner de rayos X de los camiones. Aquí a mi humano se le pusieron las orejas de punta y empezó a sudar frío por culpa del dron. Con la situación actual por aquí, los pájaros mecánicos no son nada bienvenidos, así que lo había desmontado entero y lo llevaba semi escondido y repartido por diferentes rincones de la camper. Estuvimos unas horas parados esperando turno, con Papi Edu más tenso que un cable de alta tensión, pero cuando pasamos por la máquina... ¡aleluya! No detectaron nada. Además, los operarios del escáner resultaron ser otra vez de lo más majo y me hicieron un montón de carantoñas.

De vuelta a la ventanilla de importación, empezó el examen de rellenar el formulario. Menos mal que estaba en inglés, pero era más confuso que intentar morderse la cola. Papi Edu tuvo que repetirlo tres veces desde cero porque siempre se le quedaba algún detalle en la casilla equivocada. La funcionaria de la ventanilla, que al principio ponía una cara de sargento que daba respeto, se ablandó al final. Fue muy amable y le explicó a mi humano dónde contratar el seguro obligatorio del coche (ya que la famosa Carta Verde europea no cubre en Rusia por las sanciones) y le escribió el nombre de la oficinita en ruso en un papel.

A las seis y media de la tarde, ¡libertad! Fuimos directos a la oficina que nos habían dicho. La chica de allí era una máquina de la eficiencia, hacía mil cosas a la vez y en un santiamén nos entregó el seguro.

Con todo el papeleo listo, tocaba buscar dónde caer rendidos. Vimos un sitio en el mapa cerca de Chmi, a unos diez kilómetros al norte de la frontera. Pero fue llegar y aparecer una furgoneta militar. Bajaron dos soldados jovencitos a decirnos que allí no podíamos dormir. Eran súper majos y les daba hasta vergüenza no saber hablar inglés, pero con señas nos indicaron que cruzando el río sí que se podía. Cruzamos el puente, pasamos una pequeña aldea y encontramos nuestro rincón.

Ahora mismo estamos en plena naturaleza, aunque lamentablemente los humanos de por aquí lo han dejado todo lleno de basura. Pero nos da igual. Nos encerramos en nuestra camper bien protegidos, nos cenamos algo rico y nos vamos a dormir, que oficialmente ya estamos en Rusia.

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