Día 33:

 

GPS loco, interrogatorios de película y un escondite checheno

Chmi – Grozny

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Salimos bien pasado el mediodía de nuestro escondite entre la basura y volvimos a la carretera principal, la mítica A301. La primera alegría del día nos la dio el depósito: paramos a repostar y aquí el gasoil está tirado de precio, a unos setenta y dos rublos el litro, que al cambio son unos ochenta y tres céntimos. ¡Así da gusto devorar kilómetros!

Con el tanque lleno pusimos rumbo a Vladikavkaz entrando por la Avenida Kosta, y de repente... ¡pum! El GPS empezó a hacer cosas rarísimas y se volvió completamente loco. Resulta que por esta zona los humanos usan inhibidores de señal satélite por motivos de seguridad militar, así que nos quedamos más desorientados que un pulpo en un garaje.

Aun así, logramos parar para explorar un poco. Visitamos el Monumento a la Gloria Eterna, un cementerio militar enorme dedicado a la guerra de 1941 a 1945. Impresiona mucho ver que hay un montón de tumbas súper recientes; esta zona ha visto demasiadas batallas. Allí destaca la escultura de la Madre Patria en Duelo, una figura llena de tristeza. Justo al otro lado de la avenida entramos al Parque Narton, que está repleto de unas esculturas doradas muy kitsch que representan a los héroes de los mitos nartos, unas leyendas épicas del Cáucaso. Un poco más adelante descubrimos el Memorial Slavy, un complejo espectacular con relieves, estatuas y torres que homenajea el valor de la región a lo largo de la historia.

Papi Edu intentó buscar un banco para cambiar más dinero, pero al ser domingo y estar sin GPS, la misión era más difícil que hacer que me siente cuando veo un gato. Tuvimos que salir de la ciudad a la vieja usanza: Papi Edu conduciendo entre el caótico tráfico ruso mientras miraba el mapa estático en el móvil, casi siguiendo con el dedo cada giro y cada rotonda. En el camino nos llamó mucho la atención la cantidad brutal de carteles con fotos de jóvenes uniformados; son homenajes a los caídos en los conflictos recientes, algo que te encoge un poco el corazón.

Una vez que nos alejamos bastante de la ciudad, los satélites volvieron a la vida y el GPS resucitó. Pero la tranquilidad duró poco porque nos pararon en un puesto de control en mitad de la carretera. Nos tocó pasar por ventanilla para el control de pasaportes y el agente se hizo un lío monumental con los nombres de Papi Edu. El diálogo fue digno de un chiste:
—¿Tu nombre? —preguntó el hombre.
—Eduardus —dijo Papi Edu.
—¿Nombre de tu padre?
—Antonius.
—Entonces... ¿quién es Gerardus?
—El padre de mi madre —aclaró Edu con paciencia de santo.

Tras las risas y la confusión de apellidos, nos hicieron abrir el coche para revisar la camper. Todo en orden, por supuesto. Vieron que no llevábamos vacas georgianas, ni bombas nucleares, ni drones sospechosos (bueno, el nuestro seguía bien camuflado).

Avanzamos primero por autovía y luego por carreteras secundarias. Volvimos a parar para repostar GLP y casi se nos caen los bigotes de la emoción: ¡a veintitrés rublos el litro, unos veintiséis céntimos de euro!

Nos fuimos acercando a Grozny, la capital de Chechenia. Antes de meternos en la gran ciudad tocaba buscar nido. Miramos un par de puntos de la aplicación al lado de un lago y de un parque acuático llamado Akvalend, pero tenían menos encanto que un pienso rancio. Al final, Papi Edu sacó su vena de explorador, miró el mapa de satélite de Google y ¡bingo! Encontró un rincón escondido muy cerca.

Ahora mismo estamos acampados en un sitio fantástico, rodeados de verde y en plena naturaleza, donde parece que no hay nadie en kilómetros a la herida. Nos preparamos la cena, cerramos bien las puertas y nos vamos a dormir bien resguardados en nuestra camper. Mañana nos espera Chechenia.

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