Día 34:

 

Grozny, de las cenizas a los rascacielos

Grozny – Razdol'e

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El día empezó con sorpresa. Estábamos desayunando tan tranquilos cuando apareció un coche de policía. Ya me veía levantando el campamento a toda prisa, y al principio hubo un poco de lío con el idioma, pero en cuanto Papi Edu sacó el traductor del móvil todo se aclaró. El agente, muy amable, nos dijo: "Patrullamos por aquí; si pasa algo, vendremos. Todo es seguro, todo está normal". Qué tranquilidad. Con el permiso oficial en el bolsillo, nos acercamos al aparcamiento de un cementerio muy cercano para cargar agua en la camper y pusimos rumbo directo a Grozny.

Al entrar en la ciudad casi se me caen las pestañas de la sorpresa. Es súper moderna, con avenidas amplias y limpias que parecen sacadas de un catálogo del futuro. Cuesta creer que hace poco más de veinte años, durante las guerras chechenas, Grozny quedó completamente destruida, siendo declarada por la ONU como la ciudad más devastada de la Tierra. La reconstrucción ha sido total y espectacular, financiada a lo grande para borrar cualquier rastro del pasado.

Aparcamos el coche en una zona bastante céntrica, justo al lado de la Avenida Vladímir Putin, y nos fuimos a explorar a pie. Primero pasamos por la Plaza Central, que tiene un mapa de Chechenia gigante dibujado en el suelo con mosaicos. Desde allí fuimos a ver la imponente Mezquita Akhmad Kadyrov, conocida como el Corazón de Chechenia. Es enorme, de estilo otomano y con unos minaretes que pinchan las nubes; solo la vimos por fuera, pero impresiona un montón. Al lado destacan los rascacielos del complejo Grozny City, unos edificios de cristal súper modernos que contrastan con los parques llenos de flores de los alrededores.

Caminamos un buen rato por la Avenida Kadyrov hasta llegar a la Plaza Minutka, una rotonda histórica donde ahora se levanta un edificio residencial gigantesco en forma de arco que imita a las torres tradicionales chechenas. Al lado hay otra mezquita preciosa. Lo mejor de las dos horas y media de caminata fue la reacción de la gente. Todo el mundo se paraba encantado a saludarme y hacerme mimos. Por lo visto, aquí se ven muy pocos perros paseando por la calle, así que me sentí como una auténtica celebridad.

De vuelta al coche, cogimos las autovías hacia el noreste. El viaje por Rusia incluye una rutina a la que ya nos vamos acostumbrando: nos pararon dos veces en controles de carretera. Esta vez no hubo líos con los apellidos de Papi Edu; los policías revisaron los papeles y la camper y todo fue muy fluido.

Al final de la tarde nuestra única misión era buscar un sitio para dormir que tuviera buena cobertura LTE, porque queríamos llamar a Tito Joan a España y contarle nuestras batallas. Pero en estas tierras la recepción del teléfono falla más que una escopeta de feria, lo que hace que buscar refugio con internet sea una misión casi imposible.

Como ya se nos estaba haciendo de noche, decidimos mandar a paseo el requisito de la cobertura. Nos desviamos y aparcamos en un sitio que promete ser muy bonito, aunque de momento solo alcanzamos a ver lo que iluminan los faros del coche y la linterna. Nos encerramos en nuestra camper, preparamos la cena a oscuras y a descansar. Mañana descubriremos dónde hemos despertado.

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