Al final resulta que los faros del coche no mentían: el sitio donde dormimos era precioso. Eso sí, el día amaneció más gris que un gato callejero empapado, así que decidimos ponernos en marcha temprano. Para colmo de males, seguíamos más incomunicados que un náufrago. Papi Edu pensaba que nos iban a parar en cada esquina, pero los planetas se alinearon y en todo el día solo nos tocó un control de carretera. Pasaporte por la ventanilla, sonrisa reglamentaria y todo sobre ruedas.
La tranquilidad nos duró hasta que paramos en un área de descanso al lado de la carretera para estirar las patas y que Papi Edu moviera las piernas. Todo iba de lujo hasta que aparecieron dos perros callejeros con ganas de conversación. Yo tengo ya once años, muchas fronteras a mis espaldas y la verdad es que hoy no estaba para aguantar tonterías de adolescentes. Les enseñé los dientes para marcar territorio y, para qué nos vamos a engañar, creo que tiré el primer bocado. Se armó una tangana de bar que ni en las películas del oeste. El más pequeño de los dos me pilló por banda y me dio un mordisco en el lomo, pero por suerte todo quedó en el susto, un par de gruñidos de tipo duro y un montón de saliva ajena en mi espalda. ¡A Chuly no se le tose!
Pasado el mediodía, después de haber devorado un porrón de kilómetros, paramos a comer y descansar en nuestra camper. Nos plantamos en la orilla del río Volga, en un punto entre Ikryanoe y Anatoliya Zvereva. El río bajaba desbocado, súper crecido, y tenía un montón de campos de alrededor completamente inundados. Un espectáculo impresionante para ver desde la ventana mientras dábamos cuenta del plato.
Después de llenar el buche seguimos hacia Astrakhán y, en cuanto asomamos el hocico en la ciudad... ¡patapúm! El GPS empezó otra vez con la misma locura de Vladikavkaz. Los malditos inhibidores de satélite nos dejaron más desorientados que un cachorro en una fábrica de espejos. Paramos a repostar en una gasolinera y no teníamos ni la más remota idea de dónde estábamos ni hacia dónde íbamos. Suerte que los perros tenemos instinto y Papi Edu tiene ojos: usamos el cauce del río para ubicarnos y, con el dedo puesto sobre el mapa estático del móvil, logramos llegar a trompicones al parking que hay delante del Hotel Azimut.
El sitio parecía una convención internacional, estaba repleto de autocaravanas chinas. Papi Edu se metió en el bar Gellert de al lado para tomarse un café y mendigar un poco de internet. Menuda odisea. Intentó usar el wifi del local, pero el gobierno ruso tiene capados WhatsApp, YouTube e Instagram, así que aquello estaba más bloqueado que una puerta sin maneta. Solo funcionaba el correo electrónico. Desesperado, compró una eSIM nueva pensando que la nuestra se había roto, pero la alegría duró tres segundos exactos antes de morir.
Para rematar la jugada, en el parking había una señal que prohibía aparcar entre las diez de la noche y las seis de la mañana. Como no teníamos ganas de discutir con las autoridades en ruso, movimos el coche al parking de al lado. Allí nos encontramos con otra autocaravana china y un camión camper de Alemania. Papi Edu estuvo charlando un rato con los alemanes y consuela saber que no somos los únicos idiotas sin cobertura; ellos estaban igual de incomunicados que nosotros.
Al final hemos decidido que este es un buen nido para pasar la noche. Conseguimos pillar de milagro el wifi del bar, así que Papi Edu está ahora mismo tecleando correos electrónicos como un loco para poder chatear con Tito Joan a la vieja usanza. A eso de las diez de la noche, las autocaravanas chinas del otro parking han visto las orejas al lobo con la señal de prohibición y se han mudado todas aquí con nosotros. Ahora mismo parecemos un campamento nómada de diez vehículos en mitad de la ciudad. Voy a cerrar los ojos, que defender el honor perruno cansa mucho.
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