Día 36:

 

Un Kremlin, un puente flotante y moteros hacia el Pacífico

Astrakhan 🇷🇺 – 🇰🇿 Dashin

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Nos levantamos relativamente temprano y, para empezar bien el día, dimos un buen paseíto por el barrio. Al volver, Papi Edu me dejó descansando en la camper; tenía pensado visitar el Kremlin de Astrakhán y se imaginaba que los perros no éramos precisamente bienvenidos en el recinto histórico.
Caminó unos veinte minutos cruzando la Plaza de Lenin, donde vio que estaban ensayando a lo grande unos desfiles militares. Resulta que en unos días es el Día de la Victoria, una de las fiestas más importantes de Rusia, donde conmemoran la rendición de la Alemania nazi en 1945 con un despliegue de banderas, armas y orgullo que paraliza el país.
Luego Edu entró al Kremlin, que básicamente es una fortaleza histórica amurallada muy bonita que ahora funciona como un gran parque. Estuvo explorando todos los rincones y entró en la catedral, que tiene la peculiaridad de tener dos plantas. En la de abajo se encontró con una misa en directo y en la de arriba alucinó con todo el "bling bling" de la iglesia ortodoxa: oro, iconos y lámparas de esas que brilli-brillan tanto que te harían parpadear. A la vuelta, los desfiles ya habían arrancado en la plaza y pudo ver a militares de todos los colores, bandas de música dándolo todo y a los mandos importantes saludando subidos a unos todoterrenos rusos impecables.
Al regresar a la camper, me colocó en mi trono justo detrás del asiento del copiloto y pusimos rumbo a la frontera con Kazajistán, a unos sesenta kilómetros. Pero antes del límite, el camino nos regaló un par de cosas muy locas. Primero cruzamos el *Pontonnyy Most* en Zabuzan, un puente flotante hecho de pontones de metal que cruza el río Buzan. Tuvimos que pagar un peaje de un par de euros para poder pasar por encima de las planchas crujientes. Al cruzar al otro lado, aprovechamos para dar un paseo en coche por el pueblo de Krasnyi Yar. Es un sitio súper auténtico, de esos que parece que el tiempo se ha parado: calles completamente sin pavimentar, devoradas por el barro y la arena, y un montón de casitas de madera tradicionales rusas que eran una auténtica postal.
Luego paramos a comer en el campo, porque una vez que te metes en la boca del lobo de la frontera, comer se vuelve una misión imposible por las colas. Mientras dábamos cuenta del menú en la camper, vimos una estampa divertidísima: ¡caballos bañándose y vacas nadando! Como el Volga y sus brazos están tan crecidos, muchos campos están inundados y los pobres bichos tienen que demostrar sus dotes de natación para llegar a las zonas de pasto seco.
Al llegar a la frontera rusa nos encontramos con cola de coches, pero por suerte nada que ver con el horror de la entrada desde Georgia. El papeleo para salir de Rusia fue bastante rápido, aunque tocó la rutina de abrir el coche y enseñar los cajones. El único parón real fue para esperar el visto bueno final, pero la espera fue de lo más agradable. Coincidimos con Stefan y Diana, una pareja de Kufstein (Austria) que viaja en moto con la loca y maravillosa idea de llegar hasta Nueva Zelanda.
El tiempo pasó volando charlando con ellos. Incluso el militar que registró el coche se metió en la conversación en un inglés bastante decente. El tío era un personaje: nos contó que antes era psicólogo, pero que se metió a militar para poder jubilarse rápido y dedicarse a viajar por el mundo. Al final, con todos los papeles en regla, salimos de Rusia.
Recorrimos unos kilómetros por la tierra de nadie, cruzamos el puente sobre el río Kigach y ¡hola, Kazajistán! Entrar aquí fue súper fácil, sin apenas burocracia y con un control de pasaportes visto y no visto. Lo único obligatorio al cruzar era contratar el seguro del coche. Tuvimos que hacerlo en una chabola mugrienta que no daba ningún tipo de confianza, de esas que parece que se van a caer si estornudas fuerte, pero bueno, nos dieron el papel oficial obligatorio y eso es lo que cuenta. Como no teníamos moneda local, apareció una mujer mayor que hacía de oficina de cambio ambulante; tras negociar un poco el precio, el cambio no era del todo malo y Papi Edu le cambió cien euros. Allí volvimos a coincidir con los moteros austriacos, nos hicimos unos selfies de recuerdo y nos despedimos con un "hasta pronto en algún lugar del mapa".
Buscamos nido rápido y lo encontramos en un campo verde al lado del río. Mientras Papi Edu prepara las cosas, yo no puedo evitar sacar pecho: Kazajistán es oficialmente el país número 7 de este viaje (después de España, Italia, Grecia, Turquía, Georgia y Rusia) y... ¡el país número 40 que mis cuatro patas han pisado en mi vida! Nada mal para un bodeguero de once años.
Ahora mismo estamos completamente a solas en el campo, escuchando el agua del río. Apagamos luces, que mañana toca empezar a descubrir las estepas kazajas.

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