Hoy casi batimos nuestro récord de vagancia matutina. No es que no arrancáramos temprano, es que salimos a la una de la tarde con toda la parsimonia del mundo. Y la verdad, tampoco había ninguna prisa porque el mapa por aquí es una hoja en blanco. Un poco después de ponernos en marcha, llegamos a la ciudad de Karabutak, donde la carretera se bifurca en dos opciones: a la derecha se va hacia el sureste, pero nosotros mantuvimos el rumbo a la izquierda, directos hacia el noreste.
Después de devorar los primeros 150 kilómetros de estepa, nos topamos con un rincón sorprendentemente idílico. Tenía unos árboles de verdad, así que aprovechamos el oasis para parar a comer y descansar un rato. Al terminar, nos metimos entre pecho y espalda otros ciento setenta kilómetros más de asfalto liso. Lo único que rompió la monotonía del paisaje fueron unos trenes kilométricos que circulaban en paralelo a la carretera; eran tan sumamente largos que te daba tiempo a echarte una siesta antes de ver pasar el último vagón.
Justo antes de la puesta del sol, cuando el cielo se estaba poniendo de unos colores espectaculares, Papi Edu divisó nuestro nido para esta noche. Estamos apartados de la carretera principal, aparcados al lado de un camino de tierra en mitad de la más absoluta nada, pero con unas vistas increíbles al lago Ayke. El sitio es una pasada de vacío.
Nada más instalarnos, apareció un señor mayor en moto que se quedó completamente impresionado al ver nuestra camioneta de exploradores en sus dominios. El buen hombre solo hablaba kazajo, pero gracias al idioma universal de los gestos entendimos perfectamente que venía de pasar el día pescando en el lago. Estaba tan fascinado con la camper que sacó su móvil y se puso a grabarla en vídeo por todos los lados antes de despedirse y desaparecer en el horizonte tal y como había llegado.
Ahora nos quedamos aquí solos con el lago, listos para cenar y dormir bajo un manto de estrellas que da vértigo. ¡Hasta mañana!
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