Día 43:

 

Mucha carretera, agua helada y el regreso de los vecinos silenciosos

Lago Ayke – Embalse del Alto Tobol

Nos pusimos en marcha relativamente temprano para nuestro estándar viajero, justo a las once de la mañana. Hoy el menú del día volvía a ser puramente automovilístico, pero por suerte la carretera por aquí es buenísima, el asfalto está impecable y pudimos avanzar a un ritmo de lo más alegre.
Solo paramos un par de veces en todo el camino para estirar las piernas y las patas, y aprovechamos una parada estratégica en Denisovka para hacer la compra en el supermercado y llenar el tanque de combustible de la camper. En una de las áreas de descanso del camino vimos una escena de lo más impactante: había un camión enorme estacionado con toda la caja de cambios completamente desmontada y desparramada por el suelo. El pobre conductor tenía por delante un reto mecánico monumental para volver a armar semejante rompecabezas en mitad de la nada.
Con la logística resuelta, nos dedicamos a buscar nuestro nido para hoy y, la verdad, Papi Edu tuvo un ojo clínico espectacular. Encontramos un lugar magnífico justo en la orilla del embalse del Alto Tobol. El sitio es una auténtica pasada de bonito; si hubiera tenido un árbol para darnos un poco de sombra ya habría sido el paraíso absoluto, pero la verdad es que no nos podemos quejar.
Lo mejor de todo es que aquí disfrutamos de una tranquilidad y una intimidad brutales, así que nos pasamos toda la tarde tirados al sol al lado de la camper, simplemente dejando pasar el tiempo. Papi Edu, que a veces se las da de valiente, se acercó a la orilla y metió el dedo gordo del pie en el lago para probar la temperatura del agua. El veredicto fue unánime: estaba tan sumamente fría que se le quitaron las ganas de nadar en un milisegundo. Menos mal, porque a mí eso de meterme a remojo tampoco es que me apasione.
Aquí mismo nos hemos quedado a cenar y a pasar la noche. Nuestros vecinos más cercanos están en un cementerio situado a un medio kilómetro de distancia. Parece que nos persiguen en este país, pero mira, al menos estos no hacen ruido, no ponen la música alta y nos dejan disfrutar de la paz de la estepa a nuestras anchas. Ahora que ya se ha ido el sol, nos hemos quedado envueltos en una oscuridad que es total y absoluta; no se ve un solo brillo en kilómetros a la redonda, lo que hace que este rincón se sienta todavía más mágico.

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