Día 44:

 

Embudos gigantes, humanos parlanchines y mi escondite secreto

Embalse del Alto Tobol – Poselok Kunay

Hoy nos ha quedado un día de lo más corto; casi podríamos decir que ha sido una jornada de media mañana para alegría de mis cuatro patas, que ya me veía otra vez con el trasero pegado al asiento. Salimos de nuestro último rincón paradisíaco y Papi Edu pisó el acelerador para devorar unos ciento cincuenta kilómetros del tirón, casi sin paradas, directos hacia nuestro siguiente destino.
Eso sí, encontrar el sitio exacto nos costó un poquito de trabajo y algún que otro gruñido por mi parte. Para salir de la carretera principal tuvimos que meternos por una pista de tierra de un kilómetro y pico que estaba verdaderamente chunga, llena de baches de esos que te hacen dar botes y perder la dignidad perruna. Pero justo antes de enfilar ese camino del demonio, nos topamos con dos auténticas reliquias de la época soviética. Son unas antiguas estaciones agrícolas de limpieza y secado de grano, de los tiempos de los *koljós*. Tienen unas estructuras elevadas donde los camiones se metían debajo de unos embudos gigantescos para que les lloviera el cereal encima. Lo curioso es que una estaba intacta, conservando su caseta de madera original en la parte alta, mientras que la otra estaba totalmente desnuda, dejando a la vista todas las tripas de hierro y los engranajes oxidados. A Papi Edu le flipó el invento; yo solo pensaba en si de esos embudos no podría caer una lluvia de salchichas.
El sitio donde hemos plantado el campamento está genial. Estamos casi a la orilla del río, en una zona donde se forma una pequeña playa de arena que, todo sea dicho, tampoco es que invite mucho a meterse a nadar (y menos mal, que ya sabéis lo que opino del agua fría). Papi Edu ha maniobrado como un profesional y nos ha dejado medio escondidos entre los arbustos, ideal para mis misiones de espionaje.
La tarde ha sido de lo más animada. Primero vi pasar un montón de caballos majestuosos y, finalmente, apareció el *tabunshik*, que es el nombre tan raro que usan por aquí para el pastor de caballos. El buen hombre vino directo a husmear al ver nuestra casa con ruedas. El tío era de lo más simpático, el único problema es que hablaba por los codos... pero única y exclusivamente en kazajo. Nos soltó un discurso tremendo del que no capté ni un "guau", así que nos limitamos a poner cara de niños buenos, asentir con la cabeza y usar el lenguaje universal de las sonrisas.
Tras la visita del parlanchín de la estepa, nos hemos quedado solos disfrutando de la calma del río. Toca cenar (espero que algo mejor que las chuches de cartón del otro día) y quedarnos a dormir bien camuflados en nuestro escondite vegetal.

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