Día 45:

 

Kostanái a pie y noche de mosquitos

Poselok Kunay – Krylovka

Arrancamos la jornada metidos en el coche a nuestra hora habitual, con las legañas bien limpias y listos para la acción. Lo primero que tocó hacer fue desandar ese kilómetro de camino infernal y bacheado por el que entramos ayer, lo que me sirvió para despertarme del todo con el traqueteo. Al llegar a la carretera principal, Papi Edu no pudo resistirse a echarle otro vistazo a los embudos soviéticos gigantes de cereal. Esta vez la cosa fue a más: sacó el dron y se marcó un pequeño vídeo aéreo espectacular rodeando las estructuras. Si a vista de perro ya imponían, desde el cielo parecían naves espaciales oxidadas aparcadas en mitad de la estepa.
Con el metraje en el bolsillo, pusimos rumbo al norte. Hicimos una parada rápida en un supermercado para reponer la despensa y nos plantamos en Kostanái, que nos quedaba al lado. Aparcamos la camper cerca del río y nos lanzamos a explorar la ciudad a pie. Sinceramente, me pareció un sitio de lo más agradable: tiene una zona peatonal enorme y un montón de parques súper tranquilos por donde da gusto pasear. Caminando llegamos a la Mezquita Maral Ishan, un templo histórico precioso hecho de ladrillo rojo que destaca muchísimo, y luego enfilamos la Avenida Al-Farabi para llegar al Teatro Regional Ruso de Drama de Kostanái, un edificio imponente y muy elegante. De ahí nos metimos al Parque Central, que estaba impecable. Todo el centro es súper compacto y se ve de maravilla sin cansarse mucho. El único chasco nos lo llevamos después de una caminata más larga para ir a ver la Catedral de los Santos Constantino y Elena; nos la imaginábamos enorme y resultó ser bastante pequeñita y decepcionante.
En total nos pasamos casi tres horas pateando la ciudad. De vuelta al coche, rellenamos el depósito de agua en una fuente de la calle, paramos en una gasolinera a meterle gasoil a la camper y enfilamos hacia el este.
¡Ay, amigos, los siguientes cien kilómetros fueron una tortura! La carretera por aquí está fatal, llena de baches traicioneros, socavones y grietas que obligaron a Papi Edu a hacer encaje de bolillos al volante. Al final de la tarde encontramos un sitio precioso para dormir al lado de un río, muy cerca de un puente, justo a tiempo para disfrutar de una puesta de sol de postal. El problema es que la zona es muy pantanosa y, en cuanto el sol se escondió, apareció un ejército de millones de mosquitos gigantescos y hambrientos. No hubo negociación posible: tuvimos que salir pitando a refugiarnos dentro de la camper y cerrar las trampillas a calicanto si no queríamos terminar convertidos en el colador de Kazajistán. ¡Mañana más, si no nos devoran vivos!

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