¡Menos mal! Por la mañana los mosquitos de la zona pantanosa debieron de cansarse de intentar traspasar el blindaje de nuestra camper y se largaron, así que por fin pudimos sacar el hocico y movernos un poco alrededor del coche sin miedo a ser devorados. Pero la tregua duró poco, porque hoy nos ha tocado tragarnos una ración masiva de carretera. Y vaya carretera... En algunos tramos está tan sumamente destrozada que el tráfico se movía a paso de tortuga coja. Todo el paisaje que nos rodeaba seguía siendo súper pantanoso, un auténtico paraíso para los bichos voladores pero un dolor de cabeza para los neumáticos de Papi Edu.
Hicimos una parada técnica en una intersección de lo más curiosa. No había gasolineras ni tiendas, pero estaba llena de coches aparcados cuyos dueños se bajaban directamente a echar la caña para pescar en los canales de agua que rodean la ruta. ¡Eso sí que es optimizar el viaje!
Un poco más adelante pasamos por una pequeña ciudad llamada Saumalkol. El sitio tiene un aire totalmente industrial y minero que impone bastante, pero lo que de verdad nos dejó con los ojos como platos (y a mí con las orejas tiesas de la intriga) fue la cantidad de bloques de pisos de puro estilo soviético que están completamente abandonados. Edificios enormes, grises y vacíos que parecen el escenario de una película de fantasmas. Daba un poco de "yuyu" verlos allí plantados en mitad de la estepa, como testigos mudos del pasado.
Después del ambiente apocalíptico, tocó buscar un nido para pasar la noche. Papi Edu se puso a cotillear la vista de satélite de Google Maps y localizó un punto azul que prometía: la orilla del lago Baysary. Para llegar hasta allí tuvimos que abandonar el asfalto y conducir un kilómetro y pico campo a través, sorteando hierbajos y baches, pero el esfuerzo mereció la pena. El sitio es súper bonito, una maravilla para la vista... aunque, para no perder la costumbre, aquí también hay una población de mosquitos que ha venido a darnos la bienvenida.
Estamos completamente a solas en este paraíso, con la única excepción de dos hombres que pasaron en coche de vuelta hacia la carretera. Al vernos, frenaron en seco para curiosear un poco. Resultaron ser de lo más amables y, para sorpresa de Papi Edu, ¡hablaban un poco de inglés! Tuvimos el small talk de siempre que tanto le gusta a mi humano: que de dónde somos, que hacia dónde vamos, que qué hacemos en mitad de Kazajistán con semejante camión... Lo típico. Tras la agradable charla, siguieron su camino y nos dejaron con nuestro lago, listos para cenar, protegernos de los vampiros alados y dormir como troncos.
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