¡Vaya tela con el horario solar de este país! El sitio a la orilla del lago Baysary era idílico, sí, pero a las cuatro de la mañana el sol ya estaba arriba pegando con saña contra la lona de nuestra célula. A eso de las seis, el calor dentro ya era fino, así que Papi Edu no tuvo más remedio que saltar de la cama. Aprovechó el madrugón para sacar el dron y filmar unos vídeos aéreos espectaculares del amanecer sobre el agua. Luego, para que yo pudiera seguir durmiendo fresco, movió la camper unos tres metros más allá. Realmente estábamos al lado de un bosque con muchos árboles, pero justo en el punto exacto donde habíamos pasado la noche no nos daba nada de sombra, así que el cambio de sitio fue celestial. Entre una cosa y otra, terminamos saliendo a nuestra hora caribeña habitual, sobre las once y media.
Conducimos unos tres cuartos de hora hasta un sitio que mi humano tenía bien fichado: el Cañón Ul'gulinskiy. ¡Qué pasada de lugar! Al llegar, nos encontramos con un gran área de picnic junto al aparcamiento. Dejamos el coche y nos lanzamos a explorar. El cañón es impresionante: una brecha profunda esculpida por el agua en mitad de la llanura, con formaciones rocosas que parecen sacadas de una película del oeste. Bajamos al fondo, trepamos por las rocas del otro lado, subimos y bajamos como cabras montesas (bueno, Papi Edu más bien como un humano torpe) y, tras hacernos mil fotos y selfies, volvimos arriba.
Nuestra idea era comernos un bocadillo rápido en una mesa de picnic, pero los planes en este país siempre cambian. Un grupo de cuatro chicos jóvenes y una chica nos vieron y le hicieron señas a Papi Edu para que nos uniéramos a ellos. Eran majísimos, pero no hablaban ni tres palabras de inglés. ¿Problema? Ninguno: sacamos el traductor del móvil y a correr. Como era de esperar, yo fui la estrella indiscedible de la reunión. Me llovieron trocitos de carne de shashlik (las deliciosas brochetas locales) a cambio de desplegar todo mi repertorio de habilidades: sentarse, tumbarse, hacer el muerto (¡pum, pum!), girar y saludar. ¡Me gané el sueldo!
Mientras yo me ponía las botas, Papi Edu probaba de todo. En un momento de la charla, le preguntaron cuáles eran sus países favoritos del viaje. Mi humano, que es muy diplomático (y sabe quién le está dando de comer), no dudó en poner a Kazajistán en el número uno. A los chicos se les iluminó la cara; uno de ellos fue corriendo al coche y volvió con un regalo tremendo: ¡una bandera kazaja para nuestra camper! Y la cosa no quedó ahí: además de la bandera, nos regalaron un montón de comida de la que les había sobrado del picnic. Nos metieron en bolsas los panecillos rellenos típicos de aquí, manzanas, chocolates y otros tipos de panes tradicionales. ¡Todo súper bueno! Sin embargo, la fiesta terminó cuando los mosquitos locales decidieron unirse al menú. Levantamos el campamento a toda prisa, ellos se subieron a su coche y nosotros pusimos rumbo a la carretera.
Los chicos nos habían recomendado visitar su ciudad natal, Kokshetau, pero decidimos pasar de largo e ir directos al famosísimo Parque Nacional de Burabay. El paisaje cambia por completo: de repente la estepa desaparece y te encuentras rodeado de montañas de granito, bosques de pinos y lagos enormes. Al entrar pasamos una barrera que se abrió sola; dedujimos que se pagaba a la salida. La verdad es que la zona centro del parque no nos entusiasmó: demasiado urbanizada, llena de hoteles en primera línea, restaurantes y un tráfico de coches insoportable. Para colmo, fuimos a mirar dos sitios para dormir que salían en la aplicación: uno era totalmente inaccesible y el otro era feo a rabiar.
Decidimos salir de allí escopetados. Al llegar a la barrera de salida, nos topamos con el drama: el pago solo se podía hacer a través de la aplicación móvil Kaspi, un sistema bancario local que los extranjeros no podemos tener. Estábamos atrapados. Por suerte, un empleado que estaba por allí vigilando la barrera vio el percal, se apiadó de nosotros y pagó la tarifa con su propio móvil para abrirnos paso. El precio era de 1700 tenges. Papi Edu, agradecido, le plantó un billete de 2000 tenges en la mano, pero el buen hombre no tenía cambio. "¡Quédate con la vuelta!", le dijo Papi Edu. Trescientas tenges de propina por los gastos de gestión y por salvarnos la vida tecnológica.
Seguimos conduciendo ya fuera del bullicio del núcleo turístico, pero sin salir del parque nacional, hasta llegar al pequeño pueblo de Katarkol. Allí hemos encontrado un rincón maravilloso al lado de otro lago. Hay un dique que separa una zona de aguas cristalinas de un área pantanosa preciosa, repleta de pájaros de todas las formas y tamaños. En el dique crecen unos pinos espectaculares y el sitio es súper tranquilo. Aquí nos quedamos a dormir. Por supuesto, los mosquitos tampoco han querido perderse las vistas, pero después de esquivar barreras y bailar a cambio de carne, este sofá no me lo quita nadie.
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