Día 48:

 

Safari de plumas y un humano congelado

Katarkol

El lugar donde pasamos la noche ha resultado ser un auténtico oasis de categoría superior. Súper bonito, súper tranquilo y con una paz que se agradece en el alma. Además, esta vez Papi Edu afinó la puntería al aparcar: los majestuosos pinos del dique nos han regalado una sombra maravillosa que mantuvo la camper fresca toda la mañana, impidiendo que el sol kazajo nos cocinara dentro a primera hora. Al ver semejante paraíso, tomamos la decisión unánime: ¡nos merecemos un día de descanso total después de tantos kilómetros devorando baches!
Hoy no ha habido mapas, ni prisas, ni motores en marcha. Nos hemos dedicado a la buena vida y el día se ha resumido en dos grandes momentos cumbre. El primero fue un señor paseo por todo el dique para estirar bien las patas y hacer un poco de avistamiento de fauna. El lado pantanoso estaba animadísimo, lleno de pájaros de todos los colores y tamaños haciendo sus cosas de pájaros. Yo los controlaba desde la distancia con las orejas bien tiesas, haciendo mi habitual trabajo de seguridad perruna.
El segundo momento estelar llegó por la tarde. Papi Edu, poseído por un ataque de valentía extrema (o de locura, según se mire), se plantó el bañador y se atrevió a meterse de cabeza en el agua clara del lago. Eso sí, la chulería le duró poco: fue un baño visto y no visto, al estilo comando, porque el agua estaba todavía bastante fría. Salió de allí tiritando y con los ojos como platos, mientras yo lo miraba desde la orilla bien seco, pensando: "Te lo advertí, humano".
Para rematar este día perfecto, nos hemos zampado los panecillos y chocolates que nos regalaron ayer y hemos decidido que no nos movemos de aquí; nos quedamos a dormir otra noche en este rincón mágico. ¡A disfrutar de la calma!

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