Día 49:

 

De una invasión de moscas gigantes a un escondite paradisíaco

Katarkol – Damsa

Por la mañana nos tomamos las cosas con calma para estirar un poco más el disfrute en nuestro querido dique de pinos. Mientras remoloneábamos, descubrimos el gran misterio de por qué este rincón estaba tan ridículamente limpio en comparación con otros sitios que hemos visto en Kazajistán. Resulta que apareció una excursión escolar; un batallón de niños armados con bolsas de basura que arrasaron con cada botella, lata o papel que había por el suelo. Tampoco es que hubiera mucha mugre, pero después de pasar ellos, el lugar quedó impecable, como los chorros del oro. ¡Un aplauso perruno para la juventud kazaja!
Sobre el mediodía decidimos que ya estaba bien de vacaciones y pusimos la camper en marcha. Nos tocó tragarnos una buena dosis de asfalto: más de doscientos kilómetros en una carretera que era una auténtica montaña rusa de emociones. A tramos estaba súper bien, lisa como una balsa de aceite, y de repente se convertía en un campo de minas con muchísimos baches de los que te hacen saltar los empastes.
A media tarde empezamos a buscar nido para pasar la noche. Probamos suerte en un punto que pintaba bastante bonito, justo al lado de un bosque frondoso. Nos metimos allí y Papi Edu aparcó con toda la ilusión del mundo, pero la alegría nos duró menos que un trozo de carne en mi plato. Fue abrir la puerta de la camper y desatarse el apocalipsis: la zona estaba plagada de unas moscas enormes, unos bichos mutantes que se colaron a decenas dentro del habitáculo en un milisegundo. Imposible estar allí a menos que quisiéramos acabar locos perdidos, así que cerramos todo, Papi Edu mató a las intrusas y salimos pitando de la zona.
Vuelta a la carga. Mi humano se puso en modo detective con la vista de satélite de Google Maps y localizó un punto que prometía. Para llegar, tuvimos que desviarnos desde el pueblo de Damsá y conducir unos cuatro kilómetros por caminos de tierra en mitad del campo. ¡Y menudo acierto! El camino estaba bastante decente y nos trajo directos a lo que realmente es un paraíso terrenal.
Estamos junto a un pequeño río precioso que fluye serpenteando por una zona completamente verde. El sitio está lejísimos de la civilización, nos regala una intimidad absoluta y no hay ni rastro de moscas mutantes. Aquí nos hemos instalado para pasar la tarde al sol, cenar de lujo y dormir con el arrullo del agua.

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