El sitio del río era tan sumamente fantástico, y el parte meteorológico nos regaló un día tan espectacular, que no tuvimos que discutirlo mucho: ¡nos quedamos un día y una noche más en este paraíso! Para qué andar gastando gasoil cuando tienes el edén privado a la puerta de la camper.
Nos pasamos todo el santo día tirados a la bartola al lado del coche, mudándonos del sol a la sombra según apretaba el calor, y encadenando unas megasiestas de campeonato de las que a mí me gustan. Papi Edu, que no sabe estar quieto ni en el paraíso, se dedicó a sus cosas humanas: hizo un poco de limpieza general, trasteó con alguna pequeña reparación de la célula que estaba pendiente y se puso con el ordenador a organizar las fotos y los vídeos del viaje.
A media tarde tuvimos el único momento emocionante del día. De la nada apareció un coche y se bajó un tipo uniformado, con pinta de militar o policía, que venía directo hacia nosotros con cara de querer averiguar qué hacían unos extranjeros acampados en mitad de la nada. Justo en ese preciso instante, Papi Edu tenía montada su oficina portátil: se sienta en la escalerita de atrás de la célula y usa el portón de la camioneta como mesa de escritorio. ¡Toda una estampa de nómada digital de la estepa!
El hombre miró el ordenador, miró a Papi Edu y, con un gesto de lo más educado, soltó algo en ruso o kazajo que sonó exactamente a: "¡Ay, perdón, no sabía que estabas trabajando!". Nos saludó con la mano, dio media vuelta y se marchó por donde había venido sin pedirnos ni un solo papel. ¡Si es que la pose de trabajador concentrado impone respeto en cualquier idioma!
Tras la visita de la autoridad, la paz volvió a reinar en el río. Aquí nos quedamos a pasar otra tarde de lo más relajada, a cenar bajo las estrellas y a dormir con el rumor del agua.
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