Nos despertamos antes de que el sol terminara de estirar las patas y Papi Edu ya estaba arrancando el coche con rumbo a Karaganda. Al principio la autovía se dejaba lamer bien, pero en cuanto nos desviamos por carreteras secundarias, la camper empezó a traquetear de tal forma que casi me muevo del sitio sin querer. Tras un buen rato de saltos, aparcamos en un pueblo llamado Dolinka, justo enfrente del Museo del Karlag. Por lo que escuché cotillear a mis humanos, los gulags eran una red de campos de trabajos forzados que la Unión Soviética montó por estas tierras hace décadas, lugares durísimos donde metían a la gente que no comulgaba con el régimen para hacerlos trabajar en condiciones extremas. Este edificio en concreto fue el centro de mando de uno de los campos más gigantescos, y hoy es un museo impresionante que pone los pelos de punta, lleno de sótanos, recreaciones de celdas y oficinas de la época. A mí me tocó quedarme custodiando la camper, una tarea de alta responsabilidad porque los humanos se metieron allí dentro con una guía local que, según me contaron luego entre risas, hablaba un inglés tan masticado y robótico que se limitó a pasearlos por los pasillos como si fueran ovejas sin rumbo. Al salir, intentamos buscar más rastros de aquella historia, pero solo dimos con un cementerio diminuto en el pueblo. Definitivamente, el turismo por aquí no está hecho para cualquiera, y a la mínima que te sales de la ruta no encuentras ni un cartel explicativo.
De regreso hacia Karaganda, paramos el coche para repostar agua en una fuente junto a otro cementerio, pero este era de una dimensión colosal. En Kazajistán los cementerios no son como nuestros aburridos camposantos; aquí parecen auténticas ciudades en miniatura. Las tumbas son cúpulas de adobe, ladrillo o metal que imitan a pequeñas casas o mezclas de yurtas nómadas con mezquitas, creando un paisaje visualmente increíble y majestuoso en medio de la estepa vacía. Con las botellas llenas, pusimos rumbo a una pequeña ciudad llamada Abay. Dimos un vistazo rápido al centro, pero lo que realmente nos dejó con el hocico abierto fue ver unos tubos gigantescos que recorren las calles por el aire. Resulta que son las tuberías del sistema de calefacción centralizada, un invento de la época soviética donde una gran planta quema carbón y distribuye el agua caliente a toda la población a través de esa especie de autopistas flotantes de metal, algo que a mí me pareció un laberinto estupendo para perseguir gatos si no estuviera tan alto.
Para terminar el día de la forma que más nos gusta, Papi Edu decidió evitar la carretera principal y guió el coche por unos caminitos de tierra entre el campo. Cruzamos varios pueblos que daban auténtico pavor, casi totalmente abandonados, con casas derruidas y calles fantasma. Esto ocurre porque tras la caída de la Unión Soviética en los años noventa, muchas industrias y granjas colectivas estatales colapsaron, obligando a la gente a marcharse a las grandes ciudades para no morir de hambre, dejando atrás estas ruinas que la estepa se va tragando poco a poco. Por suerte, la exploración terminó en un lugar idílico a la orilla de un gran lago cerca de Karaganda. Al llegar tuvimos que compartir el terreno con un montón de humanos que pescaban y alborotaban, pero ahora que el sol se ha escondido, todos se han marchado a sus casas y nos han dejado este paraíso en absoluta calma, ideal para que yo descanse mis cuatro patas después de un día tan intenso.
26 May 2026
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