Día 59:

 

Pescadores de hierro y ojos como patatas

Pavlodar – Zhan'atan'

Hoy nos pusimos en marcha a una hora bastante decente, las diez de la mañana. Cruzamos el gran puente sobre el río Irtysh y en quince minutos clavados ya estábamos aparcados justo delante de la Catedral Ortodoxa de Pavlodar, una mole preciosa con unos tejados de un azul brillante y cúpulas doradas que relucían al sol. Papi Edu y Tito Joan se metieron a cotillear el interior, que por lo visto estaba lleno de iconos y pinturas, mientras yo me quedé vigilando la entrada. Después, movimos el coche para aparcar en una zona un poco más céntrica y nos lanzamos a dar un larguísimo paseo a pie por la ciudad y la bonita orilla del río. Caminamos un montón y vimos el monumento a las víctimas de la represión política, que les pareció impresionante y muy solemne, pasamos junto a unas playas fluviales de arena finísima y recorrimos el paseo marítimo. Por el camino también descubrimos varias casas antiguas de madera con ese estilo siberiano tan característico y cruzamos el Parque de Lenin.
A la hora de llenar la panza, Edu y Joan se sentaron en la terraza de un restaurante sencillo de hamburguesas. Lo mejor fue que los atendió un chico local que había vivido cuatro años en España, hablaba un español buenísimo y les confesó, súper sorprendido, que éramos los primeros españoles que veía pisar Pavlodar en toda su vida. ¡Si es que somos unos aventureros exclusivos! Con las energías renovadas, volvimos al coche y paramos un momento en una oficina para que Papi Edu cambiara dinero a rublos rusos, que la frontera ya se va sintiendo cerca. La última parada cultural fue la Mezquita Mashkhur Zhusup, un edificio con una arquitectura exterior rarísima y futurista, con forma de estrella o corona azul, aunque por dentro me dijeron que les resultó un poco decepcionante comparada con la espectacularidad de fuera.
Tras hacer las paradas logísticas obligatorias de rellenar agua y meter gasoil a la camper, dejamos atrás Pavlodar y condujimos unos 110 kilómetros. Tardamos casi tres horas porque el asfalto por aquí tiene tela, pero usando el infalible satélite de Google, Papi Edu localizó un rincón precioso a la mismísima orilla del río Irtysh. El sitio es idílico, digno de postal, si no fuera por un pequeño detalle: ¡hay trillones de mosquitos diminutos y rabiosos! Fue una pesadilla. No sé si por culpa de las picaduras de estos vampiros en miniatura o por el spray insecticida que Papi echó dentro de la camper para intentar salvarnos, el caso es que se me hincharon los ojos por completo. Parecía un boxeador perruno. Menos mal que mis humanos reaccionaron rápido y me pusieron bolsas de frío de smetana (esa nata agria que compran por aquí y que estaba bien fresquita en la nevera) sobre los párpados, y con eso me bajó bastante el hinchazón.
Estaba yo tan centrado en mi drama ocular que casi ni me enteré de que llegaron cuatro hombres en coche. Eran pescadores locales que venían a pasar toda la noche en el río. Los tíos, muy majos, invitaron a Edu y Joan a tomar vodka con ellos, pero mis humanos dijeron que no, gracias, que no estaba el horno para bollos. Lo que sigo sin explicarme con mi cerebro de perro es cómo esos hombres podían estar en pantalón corto, sin camiseta y tan tranquilos, como si los mosquitos no existieran, mientras nosotros no podíamos ni asomar el hocico fuera de la camper. Una auténtica pena, porque el paisaje es para quedarse embobado horas, pero con semejante ataque aéreo no podemos disfrutarlo como queríamos. ¡A ver cómo amanecen mis ojos mañana!

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