Día 60:

 

Sombras, mandarinas de regalo y el misterio de la basura humana

Zhan'atan' – Semey

Hoy las noticias empiezan con final feliz: ¡mis ojos ya están muchísimo mejor! Al despertar, mis humanos me volvieron a poner la bolsa fría con smetana y, como soy un perro de mundo y muy duro, no me quejé de nada. Me dejé mimar, que para eso soy el rey de la camper. Salimos a nuestra hora habitual de siempre y pusimos rumbo directo hacia Semey. Ha sido un día de esos de devorar asfalto, de mirar por la ventana y ver pasar el mundo, sin grandes monumentos que obligaran a Edu y a Joan a bajarse del coche cada dos por tres. Solo hicimos pequeñas paradas logísticas para estirar las patas, beber agua limpia y husmear un poco el ambiente de los pueblos del camino.
Lo más chulo de la ruta ha sido ver cómo cambiaba el escenario. Al acercarnos a Semey, la estepa infinita, seca y plana a la que ya nos habíamos acostumbrado empezó a dar paso a una zona mucho más arbolada, salpicada de densos bosques de pinos. Pasar de la llanura pelada a ver árboles altos y verdes ha sido un cambio de decorado de lo más bienvenido, sobre todo para mi olfato, que ya echaba de menos los olores a resina y a tierra de bosque.
Esquivamos el centro de la ciudad cruzando por la circunvalación y nos fuimos directos a buscar un sitio para pasar la noche. Papi Edu encontró un área verde enorme y preciosa cerca del río. Como hoy aprieta el calor con ganas, se agradece un montón tener algo de sombra para cobijarse. Nada más llegar, nos metimos en la camper a comer para reponer fuerzas, y justo después decidimos mover el coche hacia un rincón más apartado, tranquilo y, sobre todo, más limpio. Y es que aquí arriba tienen una costumbre cultural que a mi "hocico crítico" le cuesta entender: el lugar estaba lleno de familias locales pasando el día de picnic, disfrutando de la naturaleza, pero muchos tienen la fea manía de dejar toda su basura tirada en el suelo cuando se van. Con lo fácil que es recogerla en una bolsa... En fin, contradicciones de los humanos libres.
Eso sí, no se les puede negar que son gente súper simpática y hospitalaria. Una de las familias que estaba de acampada dominguera se acercó a saludarnos y le regaló unas frutas fresquísimas a Tito Joan. Un detallazo que mis humanos agradecieron un montón. Ahora que ha caído la noche, todo el mundo ha recogido sus bártulos, el jaleo se ha terminado y nos hemos quedado completamente solos en este paraíso verde. Es hora de enroscarse y dormir a pierna suelta.

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