Día 61:

 

Un banquete y alta costura en el confín de la estepa

Semey – Aul

Geluidsbestand

A las siete y media de la mañana, ese enorme círculo amarillo que los humanos adoran ya estaba pegando con ganas, así que Papi Edu tuvo que mover el coche unos metros buscando la bendita sombra de los árboles para que no acabáramos como tres salchichas en una barbacoa. Entre que se desperezaron, organizaron los bártulos de la cámper y se pusieron en marcha, ya daban las nueve; un ritmo que a mí, francamente, me desespera porque a esa hora mi instinto cazador ya está al cien por cien. Hicimos las paradas de rigor para avituallarnos y llenar los tanques de agua, y luego nos fuimos a husmear qué se cocía por Semey. El veredicto de mi hocico es que la ciudad no tiene gran cosa, pero nos acercamos en el coche a una isla recreativa llena de restaurantes y ruido para ver el monumento "Más fuerte que la muerte". Menuda historia se traen aquí: Semipalátinsk (que es como se llamaba antes) fue el principal polígono de pruebas nucleares de la Unión Soviética, y el monumento rinde homenaje a las víctimas de los cientos de ensayos atómicos que destrozaron esta tierra durante décadas. Para colmo, todo el parque estaba patas arriba por obras de reparación, rodeado de vallas metálicas. Pero claro, mis humanos vieron esto como una invitación formal; nos colamos ágiles por los huecos, yo marqué un par de esquinas para dejar constancia de mi visita, Papi Edu y Tito Joan sacaron las fotos a toda prisa y, justo cuando los obreros empezaron a gritarnos amablemente pero insistentemente para echarnos, batimos en retirada hacia el coche con la dignidad intacta.

Pusimos rumbo al noreste, oliendo ya la cercana frontera con Rusia que hoy no íbamos a cruzar. La búsqueda de hotel de mil estrellas para la cámper fue una odisea: primero intentamos acampar junto a un lago cerca de Znamenka, pero aquello era el congreso mundial del mosquito y, aunque tengo buen pelaje, no pienso regalar mi sangre a esos chupasangres; luego la estepa abierta nos pareció un secadero insoportable sin una sola sombra, así que terminamos metiéndonos en Aul, el último reducto kazajo antes de la aduana. Aparcamos el coche en un descampado con árboles en mitad del pueblo alrededor de las seis y salimos a estirar las patas. El sitio es de lo más rústico y auténtico que he pisado, pura esencia rural. En estas estábamos cuando Tito Joan, que no puede ver un banco con gente sin pararse a cotillear, se puso a charlar con unas mujeres sentadas a la sombra. El idioma era un muro de piedra entre el kazajo y el ruso, pero con señas y sonrisas les explicamos que veníamos de España. De repente, un paisano bastante corpulento desde el otro lado de la calle les gritó algo a las mujeres que sonó a orden sagrada; Papi Edu, que tiene el oído agudizado para el tema gastronómico, solo cazó la palabra "chay". Y de ahí, directos al cielo... al menos para ellos.

Nos invitaron a entrar a su casa, aunque a mí, con toda la injusticia del mundo, me tocó quedarme atado en una barandilla del patio trasero, haciendo de perro guardián mientras los demás se ponían las botas, o mejor dicho se quitaron los zapatos. Lo que pasó dentro de esas paredes fue un festival: la dueña de la casa, una mujer de setenta años que se movía con la agilidad de una quinceañera, empezó a sacar comida junto a otra mujer más joven. Pusieron sobre la mesa pan, mermeladas, miel, té, fruta fresca, mantequilla, esa maravillosa crema agria llamada smetana, y coronaron el festín con unos manti espectaculares, que son una especie de saquitos de masa al vapor rellenos tvorog (un tipo de requesón), todo hecho a mano y chorreando jugo. Al rato se unió otra mujer y finalmente el hombre corpulento que había sugerido el té. Yo desde el patio ladraba con indignación, quejándome solemnemente ante tanta discriminación olfativa, porque el aroma que salía de esa cocina era pura tortura para un bodeguero de buen colmillo. Mientras tanto, mis humanos usaban el traductor de Google para comunicarse y sudaban tinta para convencer a la incansable abuela de que ya no les cabía ni un alfiler en la barriga, algo que la hospitalidad kazaja raramente acepta a la primera.

Tras enseñarles su humilde pero impoluta casa, la generosidad estalló en el patio durante las fotos de despedida. Nos regalaron dos "tubeteikas", los típicos gorros kazajos de terciopelo bordado, para Edu y Joan, y para la madre de Joan sacaron, de la nada, una lujosa bolsa de Chanel que contenía un chal de la misma marca. ¡En mitad de un pueblo perdido de Kazajistán! Esta increíble costumbre de abrir las puertas a perfectos desconocidos y colmarlos de regalos es el reflejo más puro de la tradición nómada de la estepa, donde acoger al viajero es un deber sagrado y un orgullo.

Volvimos a la cámper flotando de agradecimiento y con las barrigas tan llenas que mis humanos decidieron saltarse la cena. Yo, por supuesto, sí que comí mi pienso bajo el cielo estrellado, pensando que, aunque me dejaran fuera del banquete, estos humanos míos tienen una suerte que no se la creen ni ellos.

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Resuelva este simple problema matemático y escriba la solución; por ejemplo: Para 1+3, escriba 4.