Amanecimos con el sol pegando con la fuerza de un lanzallamas, así que Papi Edu tuvo que hacer la ya tradicional maniobra de mover la cámper unos metros para arañar algo de sombra. Desayunamos tranquilos, pero justo cuando estaban terminando de recoger los bártulos, apareció una camioneta blanca con cuatro militares a bordo. Con ayuda del bendito traductor de Google, nos explicaron de forma muy amable pero firme que no podíamos estar allí por la extrema cercanía con la frontera rusa. Al enterarse de que nuestro destino era precisamente cruzar al país vecino, se ofrecieron a escoltarnos. Papi Edu les pidió quince minutos de tregua para bajar el techo de la cámper, asegurar todo lo que va suelto dentro para que no saliera volando al arrancar el coche y avisó de que necesitábamos parar en una gasolinera. Cumplimos el plazo militar y salimos pitando detrás de su camioneta. Tras la parada para repostar, a los soldados les debió de entrar la pereza porque se despidieron amigablemente, no sin antes advertirnos con el dedo índice que no podíamos detener el coche bajo ningún concepto en los quince kilómetros que nos separaban de la aduana.
La salida de Kazajistán fue un paseo militar de apenas quince minutos, pero la entrada al territorio de los zares ya fue otro cantar. Nos chupamos más de tres horas de tediosa cola bajo el sol antes de acceder al control ruso. Allí nos tocó el clásico teatro de variedades: abrir de par en par todas las puertas del coche, el capó y cada rincón de la cámper. Pero lo peor vino después, cuando confiscaron los pasaportes y separaron a mis humanos para someterlos al temido interrogatorio de control, un cara a cara con cámara y micrófono sobre la mesa que a mí, desde el coche, me puso los pelos de punta. A Tito Joan le tocó bailar con la peor versión del traductor, que se empeñaba en verter el ruso al inglés, un idioma en el que Joan se defiende más bien poco. A Papi Edu le cayó una batería de preguntas directas al mentón sobre su vida, su antigua profesión de ingeniero y su opinión sobre el conflicto con Ucrania. Menos mal que Edu estuvo rápido de reflejos y, para evitar suspicacias con su pasado real en el sector de la defensa, mencionó su idílica carrera en el mantenimiento de trenes y ferrocarriles en Holanda, zanjando el tema político con un impecable y neutral "la política no me interesa".
Tras una hora de tensión y caras serias, nos devolvieron los documentos y nos dieron el sello de entrada. Ya en suelo ruso, la prioridad absoluta era conseguir el seguro obligatorio para el coche; tuvimos que rebotar por tres oficinas distintas hasta que por fin pudimos tramitarlo en el pueblo de Veseloyarsky, a diez kilómetros de la linde. Con el papelito en el bolsillo, tocaba buscar un lugar donde plantar la cámper para pasar la noche. La tarea resultó desesperante porque todo a nuestro alrededor eran campos de cultivo infinitos. Los pocos bosquetes de árboles que encontramos estaban pegados a canales de riego infestados por trillones de mosquitos hambrientos, y los demás espacios quedaban demasiado expuestos a la calzada. Sin más remedio, devoramos ciento treinta kilómetros por unas carreteras rusas que, todo hay que decirlo, están en un estado impecable, hasta que decidimos tirar la toalla y meternos en un aparcamiento de camiones en ruta. No es el sitio más idílico del mundo, pero nos hemos arrinconado en el borde del asfalto, casi acariciando un campo de patatas. Es un lugar seguro y bastante tranquilo, si obviamos que uno de los cuatro camioneros vecinos ha decidido dejar el motor encendido todo el tiempo para arrullarnos con su ronroneo diésel.
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