Día 63:

 

El arte de sonreír sin enterarse de nada

Pospelikha – Barnaul

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Dormimos de maravilla, ignorando olímpicamente el constante ronroneo del camión vecino que tanto empeño puso en hacernos de nana. Como no tenemos prisa porque el concepto de "madrugar" no está en el diccionario de mis humanos, nos pusimos en marcha en el coche a eso de las diez y media de la mañana. Por delante nos esperaban unos 45 kilómetros hasta Shipunovo, un lugar que destaca en el mapa por ser uno de los grandes corazones agrícolas y de procesamiento de grano de la región de Altái, coronado por una descomunal fábrica de cereales que domina el horizonte. Al llegar, fuimos directos a husmear el cementerio militar y una preciosa iglesia de madera que hay justo al lado, consagrada a San Dimitrio de Rostov. Allí nos topamos con una señora local encantadora que, con un entusiasmo desbordante, empezó a explicarles toda la historia del templo a Tito Joan y a Papi Edu en un perfecto y velocísimo ruso. Yo la observaba divertido mientras mis humanos ponían cara de máxima concentración, asintiendo solemnemente con la cabeza y soltando algún que otro "da, da" para disimular que no se estaban enterando de absolutamente nada. Después de esa lección magistral sin traducción, dimos una vuelta por el parque del centro para contemplar la imponente arquitectura soviética y le sacamos una foto obligatoria a la monstruosa fábrica de grano antes de continuar la ruta.

Por el camino, para sorpresa de todos y especialmente mía, que ya me veía enseñando los dientes en otra aduana o esquivando policías pesados, la ruta transcurrió con una tranquilidad casi aburrida. No nos topamos con ni un solo control de carretera de esos que tanto gustan en estas latitudes para pedirnos hasta la partida de nacimiento, ni tampoco hubo rastro de esos molestos duendes informáticos que bloquean las señales y hacen perder el norte al GPS del coche. Con la tecnología de los humanos funcionando sin rechistar y la pista totalmente despejada, pudimos avanzar en línea recta y sin sobresaltos.

Avanzamos a muy buen ritmo devorando kilómetros, deteniéndonos únicamente en una especie de urbanización llamada Rosinka con el único objetivo de saquear una fuente pública para rellenar nuestras reservas de agua de la cámper. El verdadero drama del día comenzó cuando nos aproximamos a Barnaul. El tráfico se volvió espeso y pastoso, transformándose en una tortura de paradas y arranques mientras intentábamos cruzar el Stary Most, el antiguo y famoso puente sobre el imponente río Ob. Nos chupamos un atasco monumental que puso a prueba mi infinita paciencia de bodeguero jubilado, pero la recompensa al cruzar al otro lado mereció la pena. Ante nosotros se abrió un laberinto verde de zonas boscosas, salpicado por pequeños brazos de agua del río donde multitud de locales se relajaban caña en mano. Aunque traíamos apuntado un sitio para dormir recomendado en la aplicación del móvil, Papi Edu y Tito Joan decidieron ignorar la tecnología y, para mi asombro, demostraron tener el olfato bastante bien adiestrado. Encontraron por sí mismos un escondite magnífico bajo una densa arboleda que nos regala una sombra espectacular. Con la caída de la tarde, los pescadores recogieron sus bártulos y nos dejaron completamente solos en nuestro pequeño paraíso fluvial. Nos hemos ganado un descanso de campeonato tras haber conducido hoy mucho más de doscientos kilómetros. Ahora me toca vigilar este bosque mientras ellos saborean la paz del río.

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