Día 188:

 

Borja – Embalse de la Tranquera

Viento, niebla, una ciudad bonita y un yuyu delicioso

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A pesar del viento y el frío de anoche, dormimos sorprendentemente bien. Solo nos despertamos un par de veces porque papi Edu tuvo que encender la calefacción un rato. Nuestra calefacción es muy eficiente, tanto que al mínimo convierte la cámper en sauna tropical, así que Edu juega toda la noche al encender y apagar mientras yo superviso desde mi cama con cara de experto en termodinámica.

Por la mañana nos recibió la niebla. De esa espesa que borra el mundo y no invita en absoluto a sacar una pata fuera. Así que nos lo tomamos con calma, sin prisas ni heroicidades. Arrancamos tranquilamente y salimos pasado el mediodía. En apenas media hora de coche llegamos a Tarazona y aparcamos gratis muy cerca de la catedral, lo cual ya me cayó simpático desde el primer momento.

Tarazona es una ciudad pequeña pero muy bonita, con ese aire italiano que dice Edu y que yo traduzco como calles estrechas, fachadas con carácter y muchas esquinas interesantes para olfatear. Paseamos a pie y lo primero que vimos fue la catedral de Santa María de la Huerta, una joya que mezcla gótico y mudéjar de una forma muy elegante. Es una catedral distinta, con mucho ladrillo, cerámica y detalles que no esperas, y además está encajada en la ciudad como si siempre hubiera sabido exactamente dónde colocarse.

Seguimos por la calle Mayor, llena de casas colgadas y colores cálidos, pasamos por la plaza de España, que es pequeña pero muy viva, y llegamos hasta el palacio arzobispal, que impone sin necesidad de levantar la voz. Tarazona no abruma, se deja querer. Es agradable, manejable y tiene ese punto histórico sin resultar pesada. En algo más de una hora lo vimos con calma y nos quedamos con ganas de volver otro día sin frío.

Después volvimos al coche y subimos hacia el Parque Natural del Moncayo, un macizo montañoso muy especial que se levanta de golpe sobre el paisaje y que es famoso por su biodiversidad, sus bosques y por ser el pico más alto del sistema Ibérico. Allí arriba el frío era serio, del que se te mete en los bigotes sin pedir permiso.

Aparcamos junto a un sanatorio abandonado en pleno bosque, el antiguo sanatorio de Agramonte, construido a principios del siglo veinte para tratar enfermedades respiratorias aprovechando el aire puro de la zona. Hoy está abandonado y el conjunto de edificios, rodeados de árboles y silencio, da bastante yuyu. Los vimos por fuera, grandes, grises y callados. No entramos… bueno, yo sí alguna vez, pero eso queda entre el sanatorio y mis recuerdos. Es un sitio inquietante, fascinante y muy fotogénico, aunque con ese frío decidimos no alargar la visita.

Bajamos de nuevo y seguimos en coche, rodeando el Moncayo que nos quedó a la izquierda, siempre vigilándonos desde lo alto. Miramos un posible sitio para dormir junto al embalse de Monteagudo de las Vicarías. En verano debe de ser bonito, seguro, pero hoy hacía frío, viento y estaba tan inhóspito que ni yo lo vi claro. Así que seguimos un poco más, acercándonos ya a donde queremos ir mañana, que es el Monasterio de Piedra.

Ya de noche encontramos un sitio guay para dormir en el mirador del embalse de La Tancuera. Nos escondimos en un rincón entre árboles, bien protegidos del viento, como buenos animales con casa rodante. Aquí estamos ahora. Antes de dormir comimos y cenamos en la cámper, calentitos y tranquilos, con el día ya gastado y la sensación de haber encajado muchas piezas distintas en una sola jornada.

Borja (Santuario de Misericordia) Tarazona Parque Natural de Moncayo Embalse de la Tranquera

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