Día 195:

 

San Lorenzo de El Escorial – Mombeltrán

Bosques, puertos y una noche junto al río

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Nos despertamos con un sol brillante de esos que se cuelan por la cámper sin pedir permiso y te dicen que hoy toca día bonito. Yo abrí los ojos despacio, comprobé que todo estaba en orden y decidí que ya era buena hora para ponerse en marcha, aunque sin prisas, que la mañana prometía calma.

Antes de arrancar nos dimos un buen paseo por el Bosque de la Herrería. Un paseo de los que se disfrutan con el cuerpo entero. Caminos anchos, árboles viejos, sombra fresca y ese olor a bosque que te entra por el hocico y te ordena las ideas. Lo atravesamos casi entero hasta llegar al sitio donde habíamos aparcado el día anterior, cuando Papi Edu visitó el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Desde allí se veía a lo lejos, enorme y serio, asomando entre los árboles como si todavía estuviera vigilando el valle. Yo lo miré un momento, más por educación que por interés, y seguí con mis investigaciones a ras de suelo, que el bosque estaba lleno de noticias frescas.

Había bastante gente. Humanos paseando perros, otros corriendo con cara de sacrificio voluntario, grupos charlando, vida tranquila de parque grande. Me gusta ese ambiente porque nadie va con prisas y cada uno parece estar en su propio plan, que suele ser el mejor plan.

Volvimos a la cámper, cerramos mochilas invisibles y nos pusimos en marcha cerca del mediodía. El objetivo era acercarnos al Valle de Cuelgamuros, que está bastante cerca. Antes se llamaba Valle de los Caídos, pero el nombre cambió para dejar atrás lo que representaba y usar el nombre real del lugar. Allí estuvo enterrado Franco durante muchos años, hasta que en 2019 lo sacaron de allí y lo trasladaron a otro sitio. Es un lugar cargado de historia, de silencio espeso y de cosas que pesan aunque solo las mires desde fuera.

Sabíamos que el lunes estaba cerrado, así que nuestra idea era conformarnos con una vista exterior, aunque fuera desde lejos. Pero ni eso. La carretera de acceso al recinto estaba cerrada y desde ese punto hasta el monumento hay unos cinco kilómetros. Demasiados para improvisar y además sin ninguna vista clara. Así que el valle se quedó pendiente, invisible y misterioso, como esos sitios que parece que se esconden a propósito.

Seguimos carretera, salimos de la zona y enlazamos primero con la autovía y luego con carreteras nacionales. El paisaje fue cambiando hasta llegar al puerto de Guadarrama, el de toda la vida, el que evita el túnel. A mí me gusta más así, viendo cómo sube la carretera y cómo se abre el mundo alrededor, aunque vaya tranquilo en mi sitio.

Paramos a comer en un antiguo área de descanso en una carretera ya casi olvidada, justo pasada Villacastín. Sitio tranquilo, algo abandonado, perfecto para una pausa larga. Comimos sin prisas y como hacía tan buen tiempo, Papi Edu aprovechó para hacer barbería y darse una duchita. Yo, sinceramente, ya llevaba días pensando que aquello hacía falta. Lo veía en la barba, que pedía tijera a gritos, y lo olía en los sobacos, que reclamaban agua con urgencia. Así que supervisé la operación con satisfacción profesional, porque un humano recortado y aseado viaja mejor y huele bastante más a persona civilizada.

Había una fuente de agua y eso es oro viajero. Llenamos el depósito y las garrafas mientras sonaba ese ruido tan bonito del agua entrando, que a mí me da una sensación rara de seguridad, como si el viaje se recargara por dentro.

Seguimos ruta y más tarde llegamos al mirador del Puerto del Pico. Un sitio impresionante. Está en plena Sierra de Gredos, dentro del Parque Regional, rodeado de montañas, valles profundos y un paisaje que te obliga a parar aunque no quieras. El puerto es muy antiguo, ya lo usaban los romanos, y todavía se conserva un tramo de calzada. A mí eso me impresiona bastante, pensar que por ahí pasaron patas y pies hace tantos siglos.

Las vistas son enormes. De las que te dejan quieto un rato aunque no entiendas del todo por qué. Ya habíamos estado allí hace más de diez años, cuando viajábamos desde Extremadura hacia Segovia, pero entonces yo era muy pequeño, apenas tenía cuatro meses, así que mi recuerdo es más bien teórico. Esta vez lo viví de verdad, con calma y con perspectiva, que eso también se aprende con los años.

Bajamos el puerto por el otro lado, una carretera llena de curvas y vistas abiertas, de esas que se disfrutan sin mirar el reloj. Al final del día encontramos un sitio perfecto para pasar la noche. Playas Blancas, en el municipio de Mombeltrán. Es un área de picnic junto a un río, con una pequeña playa fluvial y arena clara. Naturaleza por todas partes, bosque alrededor y un silencio bueno, de los que no pesan. Solo hay otra autocaravana y está lejos.

Yo bajé corriendo a la arena, di unas vueltas felices y olí todo lo que había que oler. El agua sonaba cerca. Me acerqué. La miré. Decidí que con mirarla era suficiente. Cada uno disfruta a su manera.

Aquí nos quedamos a dormir. Un sitio tranquilo, bonito y de esos que se sienten bien nada más llegar. Yo me tumbé satisfecho, con el cuerpo cansado y la cabeza llena de paisaje, pensando que hay días que no necesitan más que esto para quedarse contigo.

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