Por la mañana nadie tenía prisa. Eso ya es una señal inequívoca de que la noche había sentado bien. Dormimos rodeados de bosque, sin ruidos raros ni visitas inesperadas, y al despertarnos el sitio seguía igual de tranquilo, como si el mundo aún no hubiese encendido el motor. Antes incluso de pensar en ruedas y carretera, nos dimos un paseo corto entre los árboles, de esos que sirven para estirar patas, aclarar ideas y confirmar que sí, que dormir en mitad del monte sigue siendo una idea excelente.
Arrancamos pasado mediodía, con calma y sin objetivos demasiado ambiciosos. Nuestra guía online insistía en que Arenas de San Pedro merecía la pena, así que en unos veinte minutos estábamos allí. Aparcamos casi en el centro y salimos a explorar con buena predisposición, que eso siempre ayuda. Duró poco. Mucho tráfico, calles sin gracia, casas bastante feas y ni siquiera la plaza del ayuntamiento conseguía levantar el ánimo. Paseamos un rato por pura educación viajera, pero el pueblo no nos dijo nada. Nada de nada.
Lo único que realmente destaca es el castillo del Condestable Dávalos, que además está en pleno centro, como plantado ahí para recordar que en algún momento Arenas fue importante. Es una fortaleza del siglo quince, mandada construir por don Álvaro de Luna, valido del rey Juan Segundo de Castilla. Tiene una torre del homenaje potente, muros serios y ese aire de castillo que no necesita esforzarse para imponer respeto. Hoy alberga un auditorio y salas de exposiciones, pero nosotros lo vimos solo por fuera, que fue suficiente para darle un punto digno a una visita que por lo demás nos dejó bastante fríos.
Así que vuelta al coche y a buscar algo más verde, más abierto y con menos semáforos. Nuestra guía hablaba de gargantas, palabra mágica que siempre suena a agua, sombra y paseos buenos para perros con inquietudes. Condujimos unos tres cuartos de hora hasta la garganta de Chilla. El sitio es bonito, el agua baja clara y el entorno tiene su encanto, pero allí no encontramos senderos que invitaran a una caminata larga. Aparcamos en un pequeño descampado cerca del santuario de la Virgen de Chilla, muy cerca de la carretera, aunque con vistas abiertas que compensaban bastante la proximidad del asfalto.
Comimos en la cámper con esa mezcla de hambre y resignación viajera que aparece cuando sabes que no va a haber gran excursión pero tampoco te importa demasiado. En la zona sí hay senderos, pero ya era algo tarde para empezar rutas nuevas y el paisaje no nos terminó de llamar como para lanzarnos a explorar a fondo. A veces el cuerpo pide pausa y hoy tocaba eso.
Después de comer dimos un vistazo rápido al santuario de la Virgen de Chilla. Es un edificio sencillo, muy querido en la zona, situado en un entorno natural agradable y tranquilo. El santuario actual es del siglo dieciocho, aunque la devoción viene de mucho antes. Es un lugar de romerías y celebraciones locales, más importante por lo que representa que por su arquitectura. A mí me pareció correcto, limpio y bien cuidado, que no es poco, y el entorno ayuda a que uno baje un par de marchas sin esfuerzo.
Decidimos que no teníamos ganas seguir buscando nada más. El embalse de Rosarito lo tenía todo para acabar el día con buena nota, así que aquí mismo íbamos a dormir. Sitio amplio, silencioso, rodeado de naturaleza y con ese aire de lugar donde nadie te mira raro por quedarte quieto. Aparcamos con calma y, ya sin prisas, salimos a dar otro paseo por los llanos que rodean el embalse, una especie de playa gigante sin mar, abierta y luminosa. Yo disfruté como corresponde, corriendo, oliendo a fondo y jugando con palos de madera que siempre son mejores que cualquier juguete comprado.
Con el sitio ya elegido para pasar la noche, Papi Edu sacó el dron para aprovechar las últimas horas de luz y jugar un rato desde el aire. Todo iba bien hasta que dejó de irlo. Una combinación de mala suerte y error de principiante hizo que una rama traicionera, invisible tanto para él como para el propio dron, apareciera justo donde no debía. Golpe seco y dron tocado. Ahora funciona solo a medias y habrá que mandarlo a reparar. Yo estaba allí, atento, siguiendo el vuelo con la cabeza inclinada, sin entender muy bien por qué a los humanos les gusta tanto que las cosas vuelen… hasta que dejan de volar.
La tarde fue apagándose poco a poco, sin más dramas ni ruidos. El embalse quedó en calma, el cielo se fue apagando y el silencio volvió a ocuparlo todo. Un día sin grandes hitos, pero redondo. De esos que no presumen, pero se recuerdan. Aquí, rodeados de agua, bosque y espacio de sobra, nos acomodamos para pasar la noche, con la sensación tranquila de haber acertado una vez más con el sitio.
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