Dormimos tranquilos, calentitos y sin visitas raras, que ya es mucho pedir según qué noches. Por la mañana el tiempo no acompañaba demasiado, cielo gris y frío del que se mete en los bigotes, así que arrancamos con calma, sin prisas y con ese ritmo lento que tanto gusta a los perros y desespera un poco a los humanos.
Papi Edu había comprado por internet una entrada para el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, con su nombre completo y solemne, para las doce y media, que ya avisa de que aquí no se viene a improvisar. El problema es que salimos un pelín tarde, justo antes de las doce, y aún quedaba media hora de coche. Yo iba mirando por la ventana con cara de “no pasa nada”, mientras Edu iba con cara de “sí pasa”. Al final el viaje fue ligero, aparcamos gratis muy cerca del monasterio y todo encajó. Yo me quedé en la cámper, porque en el monasterio no admiten perros, ni siquiera perros cultos como yo, y Edu entró casi corriendo, aunque llegó solo un poco tarde y sin drama.
También se había comprado una audioguía por tres euros, de esas modernas que van con aplicación en el móvil. Spoiler: la aplicación no iba muy fina. A ratos hablaba, a ratos se quedaba pensando en sus cosas, como si también estuviera impresionada por el sitio. Dentro había muchísima gente y al principio no se podía ver la basílica porque había misa, así que Edu fue recorriendo salas, patios y pasillos interminables mientras escuchaba historias de reyes, monjes y decisiones muy serias.
El Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial es enorme, mandado construir por Felipe II en el siglo XVI, mitad monasterio, mitad palacio, mitad panteón real y mitad biblioteca, que ya van muchas mitades para un solo edificio. Todo es gigantesco, muy ordenado, muy de piedra y bastante austero, nada de florituras. Aquí se viene a imponer respeto y a caminar mucho.
Al llegar al final del recorrido, que normalmente te conduce directamente hacia la salida, Edu se dio cuenta de que todavía no había visto la basílica. Justo entonces ya se podía entrar, así que volvió sobre sus pasos y ahora sí pudo verla. Dice que impresiona mucho, enorme, solemne y un poco abrumadora, de esas que te hacen hablar bajito sin saber muy bien por qué. Salió con la sensación de haber visto algo muy importante, aunque también con la impresión de que es un sitio que cansa un poco, de los que pesan en la cabeza y en las piernas.
Volvió a la cámper, me sacó y juntos dimos un paseo por los alrededores del monasterio, que tienen zonas verdes muy agradables. Luego entramos en el pueblo, San Lorenzo de El Escorial, que estaba llenísimo de gente. Era curioso porque por las calles y plazas había muchísimas figuras como de belén, de tamaño casi humano, hechas en plan papel maché, montando un nacimiento gigante entre tiendas, bares y turistas. Yo iba esquivando pastores, ovejas falsas y algún rey mago sospechoso.
Ya eran sobre las tres y media cuando cogimos el coche y, a cinco o diez minutos, encontramos un área de picnic que salía en Park4night. Paramos con idea de comer y seguir, pero entre la comida, el descanso y el silencio del sitio, se nos hizo tarde sin darnos cuenta. El aparcamiento es grande, de tierra, rodeado de nada, muy oscuro por la noche y sorprendentemente tranquilo. A veces pasa un coche, mira y se va, como respetando que este rincón ya tiene dueño por hoy.
Así que decidimos quedarnos aquí a dormir. Sin monumentos, sin audioguías y sin prisas. Solo la cámper, el frío fuera y la sensación perruna de que, después de tanto rey y tanta piedra seria, un sitio oscuro y silencioso es justo lo que necesitábamos.
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